Es decir, que mi promesa estaba hecha; pero seis meses son seis meses, una eternidad, y como había que pasarlos de alguna manera, me eché a pensar en seguida diversos planes que me permitieran esperar agradablemente el principio de mis tareas diplomáticas; esto suponiendo que los agregados de embajada se ocupen en algo, cosa que no he podido averiguar, porque, como se verá más adelante, nunca llegué a ser attaché de Sir Jacobo ni de nadie. Y lo primero que se me ocurrió, casi repentinamente, fue hacer un viajecillo a Ruritania. Parecerá extraño que yo no hubiera visitado nunca aquel país; pero mi padre (a pesar de cierta mal disimulada simpatía por los Elsberg, que le llevó a darme a mí, su hijo segundo, el famoso nombre de Rodolfo, favorito entre los de aquella regia familia), se había mostrado siempre opuesto a dicho viaje; y muerto él, mi hermano y Rosa habían aceptado la tradición de nuestra familia, que tácitamente cerraba a los Raséndil las puertas de Ruritania. Pero desde el momento en que pensé visitar aquel país, se despertó vivamente mi curiosidad y el deseo de verlo. Después de todo, las narices largas y el pelo rojo no eran patrimonio exclusivo de los Elsberg, y la vieja historia que he reseñado, a duras penas podía considerarse como razón suficiente para impedirme visitar un importante reino que había desempeñado papel nada menospreciable en la historia de Europa y que podía volver a hacerlo bajo la dirección de un monarca joven y animoso, como se decía que lo era el nuevo Rey. Mi resolución acabó de afirmarse al leer en los periódicos que Rodolfo V iba a ser coronado solemnemente en Estrelsau tres semanas después y que la ceremonia prometía ser magnífica. Decidí presenciarla y comencé mis preparativos de viaje sin perder momento. Pero como nunca había acostumbrado enterar a mis parientes del itinerario de mis excursiones, y además en aquel caso esperaba resuelta oposición por su parte, me limité a decir que salía para el Tirol, objeto favorito de mis viajes, y me gané la aprobación de Rosa diciéndole que iba a estudiar los problemas sociales y políticos del interesante pueblo tirolés.
—Mi viaje puede dar también un resultado que no sospechas—añadí con gran misterio.
—¿Qué quieres decir?—preguntó Rosa.
—Nada, sino que existe cierto vacío que pudiera llenarse con una obra concienzuda sobre...
—¿Piensas escribir un libro?—exclamó mi cuñada palmoteando.—¡Magnífico proyecto! ¿Verdad, Roberto?
—En nuestros días es la mejor manera de comenzar una carrera política—asintió mi hermano, que había compuesto ya, no uno, sino varios libros. «Teorías antiguas y hechos modernos,» «El resultado final» y algunas otras obras originales de Burlesdón gozan muy justo renombre.
—Tiene mucha razón Roberto—declaré.
—Prométeme que lo harás—dijo Rosa muy entusiasmada con mi plan.
—Nada de promesas, pero si reúno suficientes materiales lo haré.
—No se puede pedir más—dijo Roberto.