—Todo va bien—dijo Sarto,—a tiempo que su criado tomaba mi mano para besarla.

—¡El Rey está herido!—exclamó.

—No es nada—dije desmontando.—Me lastimé el dedo cerrando una puerta.

—Y sobre todo silencio—dijo Sarto;—aunque a ti, mi buen Freiler, es casi inútil recomendártelo.

El interpelado se encogió de hombros.

—A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en cuando—dijo.—¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?

La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve ausencia.

—Mi sistema—dijo cuando hubimos entrado—es no confiar en nadie más allá de donde sea absolutamente necesario confiar.

Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito de alegría se arrodilló a mis pies.

—¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!—exclamó, procurando asir mi mano.