Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo—cualesquiera que fuesen sus faltas,—sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:

—¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!

Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.

—¡Estáis herido, señor!—exclamó.

—No es más que un rasguño—dije,—pero...—y me detuve.

Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro. Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.

—¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?—gritó.

—¡Silencio, imprudente!—dijo Sarto.—No tan alto. Este es el Rey.

Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano

—¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.