Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.
—Dé usted las gracias a mi prima—dije,—y asegúrele que jamás me he sentido mejor.
—El Rey ha pasado toda la noche en un sueño—agregó el viejo Sarto, a quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.
El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara. Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a convertirse para nosotros en única realidad.
—¿Ha muerto el Rey?—preguntó.
—¡Dios no lo quiera!—contesté.—¡Pero se halla en poder de Miguel el Negro!
VIII
prima rubia y hermano moreno
La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes. Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por fin me dejasen descansar algo.
—Pero ¡cómo se entiende!—exclamó Federico de Tarlein, que también se hallaba presente.—¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?