—Poco a poco, caballerito—dijo Sarto frunciendo el ceño.—Sería una satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?
—Además—añadí,—¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?
—¿Es decir que nada haremos?
—Por lo pronto se trata de no hacer una tontería—gruñó Sarto.
—La situación—dije,—me recuerda la escena dominante de una de nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...
—Y al Rey—interrumpió Sarto.
—Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí sin acusarse gravemente.
—Situación llena de interés—comentó el viejo Sarto.
—Si me descubren—proseguí,—lo confesaré todo y me veré cara a cara con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.
—Que será matar al Rey—dijo Tarlein.