—Se guardará bien de hacerlo—repuso Sarto.
—Tres de los seis están en Estrelsau—continuó Tarlein.
—¿Tres no más? ¿Está usted seguro?—preguntó el veterano coronel con vivo interés.
—Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.
—¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en su prisión!—exclamó Sarto.
—¡Verdad es!—dijo Tarlein.—Si el Rey hubiera muerto los seis estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha regresado, coronel?
—Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!
—A ver, señores míos—dije.—¿Quiénes son esos seis de que tanto hablan?
—No tardará usted en trabar conocimiento con ellos—contestó Sarto.—Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno belga y el otro compatriota de usted.
—Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el Duque se lo manda.