—Quizás me corten el mío—se me ocurrió decir.
—Es muy posible—asintió Sarto.—¿Quiénes son los que están aquí, Tarlein?
—De Gautet, Bersonín y Dechard.
—¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.
—¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en el pabellón de caza, coronel?—pregunté.
—No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.
Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un ser ingrato y descastado.
No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.
Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme, sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus pensamientos.
La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes trazado, se juzgará más adelante.