—Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros—me dijo, dándome por primera vez aquel alto tratamiento.—Como uno de los príncipes de Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al convertirse en Rey.

—Dos cosas te ruego, prima mía—le contesté.—Que, Rey o no, me digas siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi nombre.

—Me miró un instante y dijo:

—Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo en ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación, por lo que dije:

—Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.

—Sí, está aquí—repuso frunciendo ligeramente el ceño.

—Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho tiempo—observé sonriéndome.—Más vale así, y me alegro de verlo aquí. Cuanto más cerca mejor.

La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:

—¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...