—Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?

—No he dicho tal cosa.

—Pero no falta quien lo diga por ti.

—Nunca faltan personas insolentes—observó con encantadora altivez.

—¿Y quizás sea yo una de ellas?

—Vuestra Majestad no puede serlo nunca—dijo haciéndome cómica reverencia.—A no ser que quieras decir...

-¿Qué?

—Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra parte—añadió picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

—¿No te importa que tu primo Miguel?...