—Así sea—suspiró.
A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada, pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.
—Esperaré aquí—dijo.—Si oigo un disparo, me...
—Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.
—Es verdad, joven. ¡Buena suerte!
Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se apoderó vivamente de mi mano.
—Cierre usted la puerta—murmuró.
Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.
—No hable usted—me dijo.—No tenemos tiempo para ello. Limítese usted a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.
—Lo sospechaba—dije.