—Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.
—Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita, Sarto.
—No; yo iré.
—Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.
—Iré al cenador.
—¡Que me ahorquen si lo permito!—exclamé levantándome y apoyando la espalda en la repisa de la chimenea.—Sarto—añadí,—tengo confianza en esa mujer e iré.
—Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.
—O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra—le dije.
Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y cuándo tenía que ceder y someterse.
—Estamos tomando las cosas con sobrada calma—continué.—Cada día que dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado el momento de jugar el todo por el todo.