—Ya lo sé—repuso Beltrán furioso.
—Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama pica muy alto para ti, poeta!
—¿Y a mí qué?
—Vuestra conversación me interesaría muchísimo más—observé,—si supiera de quién estáis hablando.
—Antonieta Maubán—dijo Federly.
—De Maubán—gruñó Beltrán.
—¡Hola!—exclamé.—¡Conque esas tenemos, mocito!
—¿Me haces el favor de dejarme en paz?
—¿Y adónde va?—pregunté, porque la dama gozaba de cierta celebridad y su nombre no me era desconocido.
Jorge hizo sonar las monedas que tenía en el bolsillo, miró a Beltrán dirigiéndole su más despiadada sonrisa y replicó: