—Nadie lo sabe. Y a propósito, Beltrán; la otra noche vi en su casa a todo un personaje, el duque de Estrelsau. ¿Le conoces?

—Sí, ¿y qué?

—Muy cumplido caballero, a fe mía.

Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenían por objeto aumentar las penas del pobre Beltrán, de donde inferí que el Duque había distinguido a la señora de Maubán con sus atenciones. Era ella viuda, hermosa, rica, y la voz pública decíala ambiciosa. Nada tenía de extraño que procurase, como lo había insinuado Jorge, conquistar a un personaje que ocupaba en su país lugar inmediato al del Rey; porque el Duque era hijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morganática esposa y, por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Había sido el favorito de su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios al crearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino. Su madre había sido de buena familia pero no de alta nobleza.

—¿Sigue en París el Duque?—pregunté.

—¡Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronación; ceremonia que de seguro no le hará mucha gracia. ¡Pero no desesperes, Beltrán! Con la bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracase otro plan. Sin embargo, quizás ella...—Hizo una pausa y dijo, riéndose:—No es fácil resistir las atenciones de un príncipe real, ¿no es así, Rodolfo?

—¿Te callarás?—le dije, y levantándome, dejé a Beltrán en las garras de Jorge y me fui al hotel.

Al siguiente día Jorge Federly me acompañó a la estación, donde tomé un billete para Dresde.

—¿Vas a contemplar las pinturas?—preguntó Jorge guiñándome el ojo.

Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba a Ruritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres días. Iba, pues, a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente al otro extremo del andén y saludar a una joven bonita y muy elegantemente vestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podría tener unos treinta o treinta y dos años y era alta, morena y algo gruesa. Mientras hablaba con Jorge noté que me miraba, con gran disgusto mío, porque no me consideraba muy presentable con el largo gabán ruso que me envolvía para preservarme del frío en aquella destemplada mañana de abril, sin contar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro calado hasta las orejas.