—Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.
Tomé su mano y deposité en ella un beso.
—Señora—dije,—ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche. ¿En qué parte del castillo lo tienen?
—Al otro lado del puente levadizo—dijo bajando la voz,—hay una maciza puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?
Se oían pasos fuera del cenador.
—¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!—exclamó, pálida como un cadáver.
—No podían llegar más a tiempo—dije.
—Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí. ¿Los ve usted?
Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.
—Podrá usted matar uno de ellos—murmuró.—¿Y después?