—¡Señor Raséndil!—oímos decir, en inglés y con perfecto acento.

No contesté.

—Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?

—¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?—pregunté.

—No importa el nombre.

—Pues entonces prescindan ustedes del mío.

—Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.

Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.

—¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la tregua convenida.

—No confíe usted en ellos—murmuró Antonieta.