—Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta—dije.

—Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar—repuso Dechard,—y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?

—Desconfíe usted—repitió Antonieta.

Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.

—Prometo no disparar antes que ustedes—dije.—Pero no los dejaré entrar. Quédense donde están y hablen.

—Aceptado—dijo Dechard.

Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de la puerta. No pude oir lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.

—Secreto tenemos—pensé.

Y añadí en voz alta:

—Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.