—Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.

—No, no—murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.—Todo es una traición.

—Generosa oferta—dije sin perderles de vista un momento.

Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi conversación con ellos.

—Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes—añadí, pareciéndome oir burlona risa al otro lado de la puerta.

—Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los revólvers—murmuré dirigiéndome a Antonieta.

—¿Qué va usted a hacer?—preguntó alarmada.

—Ya lo verá usted.

Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.

—Acepto su oferta, señores—grité,—confiando en su palabra de caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...