—¡Ábrala usted!—exclamó Dechard.
—¡Se abre hacia fuera!
—¡Qué diantres, Bersonín—gritó impaciente Dechard.—¿Tienes miedo a un hombre solo?
Me sonreí al oirle y en el mismo instante se abrió la puerta violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.
De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté otro balazo al azar. Los pasos cesaron.
—¡Con tal que halle la escalera!—pensé, porque la tapia era alta y estaba erizada de púas.
Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto, que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha. Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el hombro le dije:
—A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia más graciosa que ha oído en su vida.
Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:
—¡Salvado! ¡Salvado!