—A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a solas—contesté.—De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?

Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:

—Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted, Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.

—¡Buena la hemos hecho!—exclamé angustiado.

—¿Y eso qué?—dijo Sarto.—Supongo que más de una vez le habrá usted dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella quiere.

Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.

—Sin embargo—prosiguió impasible el viejo Sarto,—creo que esta noche debe usted declarársele.

—¡Santo cielo¡—exclamé.

—O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota semioficial.

—¡No haré semejante cosa!—dije.—¡Ni usted tampoco! Desde ahora me niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.