El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:

—Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet, Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»

—Informes auténticos—observé, alegrándome al saber que el bribón tenía buena memoria mía.

—«La señora de Maubán—siguió leyendo Sarto,—a quien se vigila por orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»

—Antigua costumbre suya—comenté.

—«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco), «porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau, proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»

—Y a mí me coge de nuevo—observé.

—¡Oh, los preparativos están todos hechos!—exclamó Tarlein riéndose.—Yo me he encargado de eso.

Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:

—¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!