No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas exageraciones del lenguaje de los enamorados.

—¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo! ¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?

—¿Ahora?

—Sí, últimamente. Antes... antes no era así.

El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil, quien la había conquistado!

—¿No me amabas antes?—pregunté rodeándole el talle con mi brazo.

Me miró sonriente y dijo:

—¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de la coronación.

—¿No antes?—le pregunté ansioso.

Dejóme oir su argentina risa y contestó: