—Hablas como si desearas oirme repetir que no te amaba cuando no eras Rey.
—Pero ¿es eso cierto?
—Sí—murmuró casi imperceptiblemente.—Pero tén cuidado, Rodolfo, sé prudente. Mira que ahora estará furioso.
—¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!
—¿Qué quieres decir, Rodolfo?
Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o tres pasos de ella.
—Si yo no fuera Rey—comencé,—si fuese un simple caballero...
Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía, diciendo:
—Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.
—¡Dios me perdone!—dije para mí. Y estrechando su mano volví a preguntarle:—¿pero si no fuese Rey?