—Basta—murmuró.—No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah, Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría mirarte como te miro yo?

Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi honor y a mi conciencia.

—Flavia—dije con voz tan alterada que no parecía la mía,—has de saber que no soy...

Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se inclinó profundamente, grave y sombrío.

—Perdonad, señor—dijo,—pero Su Eminencia el cardenal espera hace un cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes de partir.

—No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia—repuse.

Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con cariñosa y conmovida voz:

—Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra Alteza!

Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:

—Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!