Y Flavia, besando mi mano, murmuró:
—¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!
Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia que acababa de adivinar más bien que oir. Preservar la corona para el verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán. Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.
Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí, sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.
Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán, diciéndole:
—Es mía, no de usted... ni del Rey.
—Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey—dijo.
—¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?—pregunté iracundo, volviéndome hacia él.
—Sé muy bien lo que está usted pensando—contestó.—Pero su honor se lo prohibe.
—¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?