—Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede perjudicar a la muchacha...
—No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la corona... ¿Me comprende usted bien?
—Sí, adelante.
—Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree usted poder resolverlo?
—Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que habérselas conmigo y que matarme.
—Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y ahogarlo con sus propias mentiras.
—No lo niego.
—Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano a...
—También es cierto—asintió el viejo soldado.
—¡Pues entonces, en nombre del Cielo—grité extendiendo hacia él los puños,—corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su capital y a su trono!