Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

—¡Señora!—llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en uno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo enviándome un beso y dijo:

—Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.

La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me presentó la segunda misiva.

—Ignoro quién me la envía—dijo.—Léela.

Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de Antonieta de Maubán, y decía:

«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en Estrelsau.»

—¿Por qué no dice «al Rey?»—preguntó Flavia inclinándose hacia mí hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.—¿Será broma?

—Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino custodiada por numerosa guardia.