—¿Es esa una orden que me da el Rey?—preguntó altiva.
—Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.
—¡Ah!—exclamó, con expresión tal que le di otro beso.
—¿Sabes quién ha escrito eso?—preguntó.
—Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la forma más fría y ceremoniosa que sepas.
—¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la cólera de Miguel?—me dijo con orgullosa sonrisa.
—Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad—fue mi contestación.
Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo tranquilo a la empresa de libertar al Rey.
El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una docena de nuestros amigos, por lo menos.
—Quizás no se engañe Vuestra Majestad—dijo, moviendo tristemente la encanecida cabeza.—A hombres que valían más que el Duque les he visto hacer peores cosas por amor.