El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.

—He conocido a muchos Elsberg—dijo.—Y ¡suceda lo que quiera, usted se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más galante caballero de todos ellos.

—Sea ese mi epitafio—dije,—el día en que otro ocupe el trono de Ruritania.

—¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!—exclamó Estrakenz, contraídas las facciones.

Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el decreto que debía de entregarle, y dije:

—Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la letra del Rey, distaba mucho de la perfección.

—La verdad es, señor—observó el General,—que este carácter de letra se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la orden no procede del Rey.

—General—exclamé sonriéndome,—¿de qué sirven los cañones de Estrelsau si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia mía.