—El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán—continué.

—¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?—preguntó en voz baja.

—Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en Zenda.

—Quisiera poder ir con Vuestra Majestad—dijo retorciendo el blanco bigote.—Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

—Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona—le dije;—y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca mi confianza.

—Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no es posible la haré Reina.

Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también, porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me dijo:

—Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.

Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo; bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había hecho yo.

Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de Estrelsau para ir de caza.