—Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para retenerle en la capital—dijo golpeando ligeramente el suelo con el pie.—Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...
—¿Qué?—pregunté inclinándome hacia ella.
—Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo—agregó.
—Precisamente voy en busca de un jabalí—dije,—y de los más feroces y corpulentos—y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus cabellos, pero ella apartó la cabeza.
—¿Estás irritada conmigo?—pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.
—¿Tengo acaso el derecho de enojarme?—preguntó.—Cierto es que anoche tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.
—Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.
Flavia nada dijo.
—¿No te conmueve mi propio peligro?
Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.