—¿Lloras porque corro peligro?

—Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el Rey que yo había aprendido a amar.

Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.

—¡Amor mío!—exclamé olvidado de todo para no pensar más que en ella;—¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

—Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...

—Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente pálida.

—Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías. Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.

—¿Me escribirás, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna que despertase sus sospechas.