—Te enviaré mi corazón todos los días—respondí.
—¿Y no correrás peligro?
—Ninguno que pueda yo evitar.
—¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!
—¿Que cuándo volveré?—repetí.—No lo sé, no puedo saberlo.
—¿Pronto, Rodolfo, pronto?
—Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...
—¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!—y posó sus labios sobre los míos.
—Si yo no volviese—murmuré,—tendrías que ocupar mi puesto, porque entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber entonces sería reinar, no llorarme.
Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó: