—¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah! mi corazón moriría contigo...
Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:
—¡Vuelve pronto, Rodolfo!
Su voz, su acento, me dominaron.
—¡Juro—exclame,—verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!
—¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?—preguntó fijando en mi sus asombrados ojos.
No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus lágrimas.
—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no regrese al lado de la mujer más hermosa del mundo?—dije.—¡Un centenar de Migueles no podrían impedírmelo!
Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.
—¿No permitirás que Miguel te mate?