—No, amor mío.

—¿Ni que te separe de mí?

—No, amor mío.

—¿Nadie podrá separarte de mí?

Y una vez más contesté:

—No, amor mío.

Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de separarme de ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra, interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor, como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y (¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.

XII

un anzuelo bien cebado

A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.