Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein, cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey, cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.
Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible. Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.
En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto, Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales, Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy principales damas.
—Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color—dije.—¿Sufre mucho?
—No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.
—Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos amigos De Gautet, Bersonín y Dechard—continué.—Del último he oído decir que está herido.
Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se sonrió al decir:
—Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.
Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo no había más que un remedio: venganza.
—¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?—pregunté.