El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que importantes deberes los llamaban al castillo.

—Pues entonces—dije con un ademán de despedida,—¡hasta nuestra próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!

—¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta oportunidad!—agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.

Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más vale ser un bribón con gracia que sin ella.

Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un lacayo nos seguía a distancia.

—Tarlein—dije al llegar a la población;—en la posada adonde nos dirigimos hay una muchacha muy linda.

—¿Cómo lo sabe usted?—preguntó.

—Porque he estado en ella.

—¿Desde?...

—No, antes.