—Pero le reconocerán a usted.

—Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas. El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie más, será quien nos sirva a la mesa.

—¿Y si ella se niega a servirnos?

—Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.

Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.

—La chica será quien nos sirva—dijo.

—Y de lo contrario—añadí,—hubiera yo dudado mucho del buen gusto de la condesa Elga.

Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso, que me ofreció.

—¿Sufre mucho este caballero?—preguntó la joven.

—Ni más ni menos que la primera vez que te vio—dije desembarazándome.