Dio ella un ligero grito y exclamó:
—¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!
—No recuerdo tener nada que perdonarte—dije.
—Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...
—¡Oh, te las perdono de todo corazón!
—Voy a decirle a mi madre...
—Ni una palabra—le ordené.—Vé a traer la comida y nada digas a nadie sobre la presencia del Rey en esta casa.
Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.
—¿Y Juan?—le pregunté, empezando a comer.—¿Qué tal está?
—Apenas le vemos ahora, señor.