El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, y las famosas victorias que en el antiguo Continente llevó á cabo Carlos V, hicieron de España la más poderosa de las naciones, en cuyos vastos dominios jamás se ponía el sol. Más de veinte veces mayor que el imperio romano, y con riquezas superiores á los delirantes sueños de la ambición, se extendía en el siglo XVI, por las principales partes del planeta, la monarquía española.
Los populosos y antiquísimos imperios de esta mitad del globo fueron á ley de conquista sometidos por los audaces aventureros, que hicieron flamear en el Continente nuevo el pendón de castillos, símbolo de la real majestad del trono de San Fernando. Desde Chiguagua hasta la Tierra del Fuego, se obedecieron los mandatos y se acataron las leyes de Felipe II y sus demás sucesores. Bajo el imperio del monarca ibero quedaron los valientes aztecas, los indómitos quichés, los orgullosos cakchiqueles, los sufridos zutujiles, los altivos incas, y las tribus todas que poblaban la parte más culta y rica de la América.
¿Cuál fué la suerte que cupo á los indios durante aquella conquista, y cómo se les trató y gobernó mientras fueron súbditos de España? Tal es la materia de esta segunda parte, que procuraré tratar sin prevenciones y odios, que hoy no tienen razón de ser, contra la Madre Patria, que nos dejó su lengua, su religión, sus costumbres y su cultura social; pero no por eso me será dable bosquejar el cuadro del gobierno de la colonia, sin sombras ni manchas; dado que no hubo en la historia conquista alguna sin violencias atroces, crímenes inauditos, dolores indecibles y torrentes de lágrimas y sangre. Procuraré, en todo caso, al dejar correr mi pluma, que sea como quería el orador romano que se escribiese la historia, sin odio y sin amor.
En cambio de la flexibilidad que los reyes españoles mostraron para aprovechar los elementos indígenas del Nuevo Mundo, rechazada por la raza anglosajona como colonizadora, tenía el gobierno de los virreyes y capitanes generales, muchas desventajas. "En efecto, España, que en política soportaba y profesaba el despotismo, que en administración practicaba el centralismo más completo, y que en economía política no dejó de aceptar un solo error, ni logró poner en práctica una sola verdad, no podía dar á sus colonias americanas más que lo que poseía: despotismo, centralismo, y en consecuencia miseria.
Según el sistema español, el rey era, legalmente al menos, y acaso de intención, el padre ó más bien dicho el tutor de sus fieles súbditos. Estos estaban, por lo tanto, bajo la real potestad y bajo la guarda de sus gobernantes. Punto de partida funestísimo que había de ser manantial de todo género de torpezas é iniquidades. Una vez admitido, en efecto, era preciso admitir que el rey era más competente que sus fieles súbditos, tomados uno á uno ó en conjunto, para saber lo que les podía aprovechar ó perjudicar, y que por lo tanto tenía facultad, y era el único que la tenía para arreglar según su leal saber y entender, la religión, la familia, la industria, el comercio, las costumbres y hasta los peinados y los trajes. Consecuencia funesta de un principio falso, pero consecuencia rigurosa.
En efecto, en materia de gobierno, ó se cree que los gobernantes, llámense como se llamen, tienen poderes delegados y limitados, ó se cree que pueden y deben tomar cuantas medidas estimen conducentes al progreso y bienestar de la comunidad. El primero es el régimen de los Estados Unidos; el segundo era el régimen de España."[124]
No había, ni nunca pudo haber expansión social, ni iniciativa particular, á influjo de aquel prurito de reglamentarlo todo. Cuando se estudia la antigua legislación de España, pásmase uno al ver que la voluntad del monarca intervenía hasta en las cosas más baladíes, en los asuntos más ridículos. Ni sólo en Madrid anduvieron á picos pardos muchas encopetadas señoras, cuando se publicó la pragmática para poner á raya á las concubinas de los clérigos, ni sólo allá se daban reglas, por el legislador, acerca del tamaño que por abajo y por arriba debían tener los vestidos de las mujeres, sobre las joyas que podían usar las nobles y las plebeyas. Fué asunto serio la forma del peinado y altura del copete de los oidores, el traje del presidente, las etiquetas del cabildo, el monopolio del pescado por los frailes, las fiestas en que hubiese asistencia á la iglesia mayor. La autoridad, á título de solicitud paternal, metía la mano en los más recónditos secretos de la vida doméstica. La ley en lo civil cohibía en aquella época la libertad, y el anatema religioso dominaba la razón.
En cuanto á los indios, tratóseles con dureza y hasta con crueldad; crueldad y dureza que inspiraron al filántropo P. Las Casas su obra famosa, que á la vez que revela su elevado y noble corazón, ostenta la aspereza é inhumanidad de los procedimientos de que fueron víctimas los dueños de este suelo. "Para tranquilizar sus conciencias, para acallar los remordimientos, que quizá experimentaban de cuando en cuando, los conquistadores inventaron la teoría de que los indios no eran hombres como los otros hombres; eran simplemente animales superiores al mono; eran siervos á natura, según la expresión técnica, escolástica, que se creó para formular la idea.