Estos indios, decían los conquistadores, son tan bárbaros, que no merecen el nombre de racionales.
"A título del barbarismo, silvestre y fiero natural, de las más naciones de estos indios, expone el jurisconsulto Solórzano, fueron muchos de parecer que se les podía hacer guerra justa, y aun cazarlos, cautivarlos y domarlos como á salvajes, movidos por la doctrina de Aristóteles y otros"[125].
Se ve, por esta cita, que aquella llegó á ser una opinión no vulgar, sino científica, por decirlo así, apoyada en las más excelsas y acatadas autoridades.
Y efectivamente, fué defendida con el mayor calor de palabra y por escrito; y en ciertas ocasiones solemnes delante del emperador Carlos V, que asistió desde su trono, y rodeado de sus altos dignatarios, á controversias sobre esta materia[126].
La doctrina de la condición inferior y servil de los indígenas americanos llegó á generalizarse tanto, y á ser tan aceptada, que el Papa Paulo III se creyó obligado á condenarla, como lo hizo por dos breves expedidos en Roma, á 10 de Junio de 1537, en los cuales decidió "que es malicioso y procedido de codicia infernal y diabólica el pretexto que se ha querido tomar para molestar y despojar los indios, y hacerlos esclavos, diciendo que son como animales brutos é incapaces de reducirse al gremio y fe de la iglesia católica; y que él, por autoridad apostólica, despues de haber sido bien informado, dice y declara lo contrario, y que manda que así á los descubiertos como los que adelante se descubrieren sean tenidos por verdaderos hombres, capaces de la fe y religión cristiana, y que por buenos y blandos medios sean atraídos á ella, sin que se les hagan molestias, agravios ni vejaciones, ni sean puestos en servidumbre, ni privados del libre y lícito uso de sus bienes y haciendas, con pena de excomunión, lata sententia ipso facto incurrenda, y reservada la absolución á la Santa Sede Apostólica, á los que lo contrario hicieren, y que esa aún no se les pueda dar sino en el artículo de la muerte, y precediendo bastante satisfacción"[127].
Ni es sólo el historiador chileno el que pinta con vivos colores la malhadada suerte de los indios. El notable literato González Suárez, dice "que los indios llegaron á comprender el ansia que los españoles tenían de oro, y en venganza y represalia de los malos tratamientos que de ellos recibían, ocultaron todas las riquezas que en la ciudad y en otros pueblos había, y tan bien las escondieron, que hasta ahora, no se ha logrado descubrirlas, y tal vez no se hallarán jamás. Empero, los conquistadores, viéndose burlados en sus más lisonjeras esperanzas, descargaron toda su cólera contra los indios, y principalmente contra los caciques ó régulos de los pueblos, á quienes tomaban presos y atormentaban para que declararan donde estaban escondidos los tesoros de Atahualpa. A unos quemaban á fuego lento, á otros les cortaban las orejas, ó les mutilaban cruelmente, cortándoles no sólo las orejas, sino las narices, las manos y los piés. Amarraron á muchos de dos en dos por las espaldas, y así amarrados los ahogaron en el Machángara, precipitándolos desde las peñas, por donde se complacían en verlos bajar, dando botes, rodando hasta el agua. Por dos ocasiones, encerraron á muchos en casas y les pegaron fuego, haciéndoles morir dentro abrasados. Otro género de crueldad usaron, que destruyó á millares á los indios, y fué la siguiente: para los viajes, para las expediciones que emprendían, reclutaban centenares de indios, y los empleaban en hacerles llevar á cuestas el fardaje: los pobres indios, con mezquino y nada sustancioso alimento, durmiendo á la intemperie, rendidos de cansancio, abrumados de fatiga, quedaban muertos en los caminos, de tal manera, que de los muchos que eran llevados á esas expediciones, apenas volvían á sus hogares unos pocos. En esas expediciones no se respetaban ni los más sagrados vínculos de la naturaleza, ni los más tiernos afectos del corazón: el español tenía en más su rocín que un indio!!... Las familias se veían desoladas, porque los padres, los esposos, los hermanos, eran llevados por el conquistador lejos de sus hogares á climas mortíferos, de donde les sería casi imposible volver; así es que el viaje con los extranjeros era la despedida para el sepulcro. Y muchas veces no era el clima insalubre, ni la falta de alimento, ni el cansancio, lo que hacía perecer á los desventurados indios: los españoles, para hacerse temer, incendiaban de propósito los pueblos y los reducían á cenizas, ó hacían despedazar á los desnudos indígenas con jaurías de perros, que mandaban llevar con ese objeto; ni era menos frecuente el ver las mujeres oprobiadas por el sensual conquistador, quien, para cohonestar sus vicios, calumnió á la raza americana, diciendo que era incapaz de los delicados afectos de familia"[128].
No soy yo, por cierto, de los que creen que si nuestras miradas no divisaran á Colón y á las Casas, no se vería en medio de las escenas abominables que han ensangrentado la América, nada que pudiese consolar la humanidad. Con raras excepciones sin embargo, los aventureros que venían á estas tierras, en lo que menos pensaban era en el bien y provecho de los miserables indios, sino en hacer riquezas, á cambio de exponer momento á momento la existencia. Así es que no puede parecer extraño que explotasen y maltratasen á los primitivos pobladores de los países conquistados. Ni la época era de extremada cultura, ni el móvil que los traía fué de civilización, ni las ideas de entonces, ni el ambiente social en que se encontraron, daban lugar á otros trámites y procederes que aquellos de los españoles; y en medio de todo eso, es innegable que los reyes de España, desde el punto del descubrimiento, pusieron mucho empeño en amparar y proteger á los naturales de América. La magnánima doña Isabel, cuyo corazón era fuente inagotable de amor hacia sus súbditos, dió órdenes muy estrictas para el buen tratamiento de los indios, y hasta enfadóse con Colón porque osaba convertir en esclavos á sus vasallos[129]. En el testamento de la excelsa reina, recomendó muy encarecidamente que se amparase á los aborígenes. El emperador Carlos V y el sombrío y cruel Felipe II expidieron leyes paternales en pro de los indígenas. La Recopilación de Indias es un elocuente monumento de la regia solicitud con que, en todas ocasiones, los monarcas españoles se preocuparon por la felicidad de los aborígenes; pero ya se verá por qué aquellas filantrópicas disposiciones se quedaban casi siempre escritas en el papel, sin dar el resultado que hubiera sido apetecible.
Con la conquista, quedaron los vencidos en verdadera esclavitud, de hecho[130], hasta el punto de que, pasados los horrores de la guerra, tenían los hijos de los reyes de este suelo que demandar por limosna el pan á sus señores los españoles, como les sucedió á los descendientes de Atahualpa. Con todo, no fué tan absoluta la abyección en que cayeron los aborígenes, que no dejasen de hacer alguna vez esfuerzos heroicos por su libertad, sin lograr más que promover el derrame á torrentes de más sangre y provocar la ira horrenda de sus dominadores, que acabaron por disminuir en más de la mitad la población americana, antes de que alboreara el siglo XVII, según lo demostraré en uno de los capítulos siguientes.
La conquista de América fué, en suma, la epopeya apocalíptica de heroicos hechos, proezas increíbles, vicios horrendos, actos salvajes, virtudes filantrópicas, creaciones nuevas, destrucciones impías y ayes de dolor de una raza entera. Necesaria evolución, acaecida cuando el mundo antiguo, en medio de estruendoso clamoreo, se hallaba viejo y estrecho para el Renacimiento de la humanidad.