Según los reyes, los indios eran hombres como todos los otros, aunque más desgraciados y miserables, á quienes los monarcas de España, por disposición de Dios y del papa, debían instruir en la verdadera fe, para que en la tierra sirviesen á las dos Majestades, y pudieran de este modo ser bienaventurados en el cielo.
El destino del desdichado indio, era para los conquistadores el provecho personal de su amo; y para los reyes, su conversión al catolicismo.
Cualquiera habría imaginado que la doctrina sostenida con tanto empeño y constancia, de abuelos á hijos, por los omnipotentes reyes de España hubiera sido la que había de prevalecer.
En abstracto, prescindiendo de las circunstancias especiales, esto habría sido lo lógico, lo natural; pero la fuerza de la situación pudo más que la voluntad soberana de una larga serie de monarcas absolutos y venerados.
En vano dijeron: esto es lo que queremos y lo que ordenamos; y en vano se llevaron repitiéndolo de año en año, por espacio de tres siglos.
Su generoso y ardiente anhelo de hacer á los indígenas dichosos en este mundo y en el otro, tuvo que quebrantarse delante de una situación que no pudieron dominar completamente, que no pudieron amoldar á sus benéficos planes.
El genio de Colón había dado á los reyes de España la magnífica presea de un vasto mundo, ignorado hasta entonces en medio de las aguas del océano.
Pero una vez descubierto el nuevo Continente, había que tomar posesión de él; había que conquistarlo, como se dice en la lengua vulgar; había que pacificarlo y que poblarlo, como dice la ley de Indias.
La empresa era por demás ardua y dificultosa.
Para ello, había que imponer la ley á una población desprovista de medios de ataque y defensa comparables á los de los europeos, pero en compensación sumamente numerosa; y sobre todo, había que vencer una naturaleza exuberante é imponente; los ríos, las selvas, las ciénegas, las cordilleras; y había que soportar todo linaje de privaciones y de penalidades, desde el hambre hasta la fiebre.