Habría sido bello, admirable, sublime, el espectáculo de una nación que se hubiera encargado de convertir á la civilización aquellas poblaciones bárbaras ó semibárbaras, con todo desinterés, sin otro estímulo que el de servir á un principio santo, que el de cumplir un gran deber, que el de realizar una obra que se presumía ser sumamente grata á Dios.
Las cruzadas de esta especie á la América, en el siglo XVI, para libertar á los indígenas de los vicios de la barbarie, habrían sido harto superiores á las que en el siglo XI se dirigieron al Asia para libertar de la dominación musulmana el santo sepulcro.
No pretendo negar que entre las turbas de aventureros que vinieron al Nuevo Mundo, al tiempo del descubrimiento, ó en las épocas posteriores, hubiera algunos varones insignes y preclaros á quienes animaban los afectos más generosos, el anhelo de la gloria, el deseo del engrandecimiento de la patria, el propósito de ser útiles á sus semejantes y á su religión.
Pero por desgracia esas fueron excepciones.
La gran mayoría de los conquistadores y colonizadores españoles miraban más por la granjería de sus haciendas, que por la salvación de las almas infieles.
Aquello que buscaban con empeño desmedido era, no tanto méritos para la bienaventuranza celestial, como recursos para la prosperidad terrena.
Inmediatamente que llegaban á una comarca, preguntaban á los indios por el oro y la plata que en ella había, hasta el extremo de que algunos de los interrogados se persuadieron que estos metales eran el dios que aquellos extranjeros adoraban.
Ahora bien, no podían obtener el codiciado atesoramiento de riquezas sin la cooperación forzada de los indígenas.
Los conquistadores españoles eran relativamente muy pocos: algunos millares de individuos esparcidos en un vastísimo Continente.