Aún cuando hubieran tenido voluntad de trabajar, y tiempo de hacerlo, no habrían bastado por sí solos, particularmente en medio de tantas y tan variadas atenciones, para enriquecerse, y sobre todo para enriquecerse pronto y muy pronto, como lo pretendían.
La metrópoli, á lo que se ocurre, no podía disponer más que de dos arbitrios para tomar posesión del Nuevo Mundo: ó formar cuerpos pagados de conquistadores, ó dejar la empresa á la actividad individual de sus súbditos.
Lo primero era materialmente imposible. La monarquía española, de erario siempre escueto, no tenía que gastar. Para equipar las tres miserables carabelas de la expedición de Colón, la reina Isabel tuvo que empeñar sus joyas. ¿Cómo habría podido la metrópoli levantar ejércitos asalariados para enviarlos á América y en seguida proveerlos y mantenerlos en ella?
No quedaba más que el segundo arbitrio, que fué el que se adoptó.
Pero habría sido insensato imaginarse que tantos aventureros desalmados hubieran venido á arrostrar todo linaje de fatigas y penalidades, sin el atractivo de una ganancia pronta y muy cuantiosa.
Y ésta, dadas las circunstancias, no podía conseguirse sin la explotación de los pobres indígenas"[136].
Por eso no bastó el plausible anhelo de los monarcas iberos para hacer felices á los indios. El interés, que es la gran palanca que mueve al mundo, pudo más en América que la noble actitud de los reyes españoles, desde el otro lado del océano; el interés de los que aquí venían en busca de oro, les hizo considerar á los indios como siervos á natura, á pesar de las opiniones de los legistas y de los eclesiásticos, que propalaban por lo común, los derechos de los pobres naturales de estas tierras, como antes se ha dicho.
El Ilmo. Don Cayetano Francos y Monrroy, Arzobispo de Guatemala, en un informe que expidió el 13 de Agosto de 1784, decía: "Es opinión entre algunos que al indio hasta quitarle el dinero y el pellejo. Lo peor no es que se diga, sino que se ejecute........ He aquí porqué dice el Señor Palafox que el juicio de los indios ha de ser terrible y temible. Sin embargo, no extrañaré que haya quién diga que es preciso tratarlos de esta suerte para sujetarlos y que no se subleven. Tampoco me hará fuerza que se asegure que el indio es por naturaleza incapaz, idiota y poco menos qu irracional. Lo primero, á más de ser por decirlo así, una herejía política, es un error enorme, y ésto sólo se puede decir por quien no los ha tratado, oído ni visitado, como padre y como pastor, que como dice el Pr. Palafox, es donde únicamente se les conoce. Lo que á mí me ha enseñado la experiencia sobre este punto, es á la verdad todo lo contrario; y por lo mismo, afirmaré que por lo común se vive muy equivocado, pues el indio es por naturaleza humilde, agradecido, garboso, fiel y capaz para cualquier oficio y aun también para el estudio, pues no ha faltado algún otro, aunque muy raro, que habiéndose dedicado á las letras se ha graduado en la universidad de Salamanca, y ascendiendo á las sagradas órdenes, ha desempeñado con acierto el oficio de párroco en el pueblo de Ocosocoutla del obispado de Chiapa"[137].
Es innegable, pues, que á la sombra de las benéficas leyes de Indias se habían introducido en América, innumerables abusos, y que, por medios ingeniosos y atrevidos se burlaban las más de las veces las providencias reales. A mediados del último siglo, emitieron dos célebres matemáticos, D. Antonio de Ulloa y D. Jorge Juan un informe secreto á Fernando VI, que fué impreso en Londres el año 1826, en la tipografía de R. Taylor. En esa importante obra, escrita por dichos sabios, se narra la crueldad y extorsiones de que fueron víctimas los indios; las causas de su origen y los motivos de su continuación, durante tres centurias.
Ni era hacedero humanamente que, hace trescientos años, á raíz de la conquista del Nuevo Mundo, en medio de las preocupaciones y errores de aquellos tiempos, dejasen de cometerse abusos, desvirtuándose las filantrópicas leyes de los monarcas iberos, que no podían ver lo que pasaba aquende el océano. Era tardía la administración y dispendiosos los trámites. Para reparar una falta necesitábase mucho tiempo y sobra de dilatorias. La precisa intervención de los tribunales de las Audiencias en todos los negocios gubernativos era constantemente la causa del entorpecimiento de las disposiciones del Consejo de Indias, de las resoluciones de los virreyes, y del curso de los procesos, por más serios é importantes que fuesen. Los virreyes pasaban casi todos los asuntos á las Audiencias para evitarse cargos en las residencias, y tenían que contemporizar con los oidores, que en último caso serían sus jueces. Las Audiencias desplegaban gran fuerza subyugadora en sus respectivos distritos, y absorbían con su influencia todos los elementos gubernativos. Eran los territorios muy extensos, las comunicaciones harto lentas, y la vida administrativa pausada y soporosa. El aparato y el trámite prevalecían sobre la justicia práctica. Los procesos y los pleitos ahogaban el derecho, mientras languidecían los intereses y se llevaba una existencia monótonamente triste.