El Gobierno español pensó que el establecimiento de las Misiones sería fecundo en grandes beneficios para América, dice un político observador: acaso creyó también que los misioneros serían la compensación de los encomenderos, y que, á falta de escuelas, colegios, buenos caminos, comercio y demás ventajas de la civilización rehusadas á los criollos, se alcanzaría á lo menos el gran bien de atraer el mayor número posible de indios salvajes á una semibarbarie reducida al bautismo y la vida común de los caseríos ó pueblos. Si el gobierno procedió de buena fe en este asunto, como lo creemos, su cálculo fué muy equivocado. Los hechos probaron que las Misiones nada hicieron ganar á la civilización, pues sólo sirvieron para dar opulencia á los jesuitas, opulencia que fué peligrosísima para el gobierno, funesta para la sociedad, y para mantener á los indígenas reducidos á la vida civil, en la más triste abyección. Las Misiones hicieron degenerar á las razas indígenas en dondequiera; y si la historia de esos establecimientos no estuviera probando la plena exactitud de nuestra aserción, los ejemplos que ofrece Colombia no dejarían lugar á duda alguna. De todos los pueblos de Hispano-Colombia el más hondamente atrasado—á pesar de sus excelentes elementos de prosperidad—es el Paraguay, que fué patrimonio de los jesuitas, dignamente representados más tarde por el doctor Francia. En Nueva Granada, como en Venezuela y Buenos Aires, los jesuitas tuvieron sus más valiosas haciendas ó Misiones en los llanos ó en las pampas. Allí poseyeron inmensos rebaños y crías y tierras superiores é ilimitadas, que les dieron opulencia. I bien, ¿cuáles fueron los resultados? Por una parte, las poblaciones más belicosas, ásperas y temibles de Colombia y de las repúblicas del Plata han surgido precisamente de esas Misiones; por otra, el llanero y el gaucho, semibárbaros en todo y crueles y devastadores en la guerra, no aprendieron sino á guardar resentimientos por la dura explotación que sufrieron; y el día en que se hizo general la lucha por la independencia, fué de los Llanos y las Pampas de donde salieron los más formidables enemigos de España.[164]


CAPITULO QUINTO
Situación de los indios en Guatemala á principios del presente siglo. Abusos de cofradías, sacristías y servicio parroquial. Medios propuestos á las Cortes Españolas para mejorar la condición de los aborígenes, el año de 1810.

SUMARIO

Estado de la América española, en los comienzos de la centuria actual.—Conmociones y movimientos en Chile, el Perú, Nueva Granada, Guatemala y Méjico.—Situación agrícola y económica del reino de Guatemala.—Su extensión territorial.—Su población.—Había un millón de habitantes, de los cuales eran indios seiscientos cuarenta y seis mil seiscientos sesenta y seis.—Cómo se hallaban gobernados.—Su industria y agricultura.—Trabajos que se les imponían.—Los pardos.—Los blancos.—El comercio de todo el reino de Guatemala.—La agricultura con respecto á los indios.—Junta protectora de los aborígenes.—Medios propuestos por el real Consulado de Comercio de Guatemala á fin de mejorar la condición de los indios.—Abusos en las cofradías.—Abuso en el servicio de sacristías.—Abuso en el servicio parroquial.—Sólo en la provincia de Suchitepéquez se empleaban doce mil setecientos setenta y cinco indios en las raciones para los curas.—Sólo los indios componían de balde los caminos, puentes y calzadas.—Se perdían más de cuatrocientos mil jornales en Suchitepéquez, por el sistema abusivo que prevalecía contra los indios.—Causas que influyeron en la pérdida de los cacaotales.—Hubo tiempo en que del reino de Guatemala salían doce mil cargas de cacao.—Jueces de provincia.—Cómo debieran haber sido.—Cuadro estadístico de las quince provincias que formaban el antiguo reino de Guatemala.—Tributo que se pagaba.—Renta de alcabalas.—Derechos de importación.—Renta del tabaco.—Derecho del Real Consulado.—Número de habitantes.—Población indígena.


Para concluir el presente libro, es oportuno examinar el estado en que se hallaban los aborígenes de Guatemala en los albores de la centuria actual, cuando comenzó á escucharse en Hispano-América el sordo rumor de la revolución de independencia, que se iba preparando, como se prepara la tempestad por el acrecentamiento paulatino de electricidades contrarias, que en un momento chocan, y despiden luz y hacen conmoverse los espacios etéreos. Turgot dijo que las colonias eran como las frutas que permanecen en el árbol hasta que maduran; y la época de la madurez estaba próxima para las colonias hispano-americanas.

Después de tres siglos de régimen absoluto; después de doce generaciones de indios que habían sufrido cruda servidumbre, se redujo su número á la décima parte de los que encontraron los conquistadores castellanos. Cuando los españoles, en vez de aprovecharse de la enseñanza que les daban los levantamientos del Perú, en tiempo del virrey Jáuregui; la revolución del Socorro en Nueva Granada, bajo el gobierno de don Manuel Antonio Flores; la prematura intentona de Chile; los movimientos de Méjico, la asonada de Belén en Guatemala, y los demás síntomas que se dejaban ver en el resto de la América española;—cuando los castellanos, digo, en vez de aprovecharse de la lección elocuente que los sucesos les suministraban, sólo fueron duros é inhumanos con los vencidos, fomentaban ellos mismos, con la represión violenta, los varios elementos de la guerra de independencia, prevista por el político conde de Aranda, que anunció la emancipación de las colonias americanas, y reconoció que sus grandes desórdenes eran tan añejos, arraigados y universales, que no podían evitarse ni en un siglo de buen gobierno; sin que por otra parte, la distancia permitiera jamás el remedio radical del sistema monstruoso que se había implantado.

Y así fué en realidad, pues poco ó nada se consiguió con los esfuerzos tardíos que, en los comienzos de este siglo, se hicieron en pro de la tranquilidad de las colonias y por el mejoramiento de la triste suerte de los indios.[165] Cuando á las Cortes extraordinarias del año de 1810, fué electo diputado el Sr. Dr. D. Antonio Larrazábal, la Junta de Gobierno del Real Consulado formó unos interesantes "Apuntamientos sobre la agricultura y comercio del Reyno de Guatemala," que dan á conocer perfectamente el malestar en que se hallaban los aborígenes y los abusos de que eran víctimas. Aunque bien pudiera hacer un extracto de ese documento histórico, me he decidido á transcribirlo íntegro, en lo que con los aborígenes se relaciona, tanto porque es en extremo raro y curioso, como porque así pintaré más fielmente la manera de ser de nuestros indios, en vísperas ya de la independencia de Centro-América.