De todos modos, para poder establecer cuáles sean los medios más eficaces á fin de lograr el mayor avance en la civilización de los indios, se hace necesario inquirir qué causas son las que se han opuesto á que se desarrollen y progresen. De la misma historia de esa desgraciada raza, resultan las siguientes.
I
La falta de estímulos que han tenido y la abyección en que de antaño han estado. Desde el primer día de la conquista, fueron reputados, ora por irracionales; ora por hombres nacidos como siervos á natura; ora por instrumentos de hacer riquezas; ora por personas miserables, en tutela perpetua; ora por seres inferiores, en todo y por todo, al español. El indio, á su vez, al cabo de tres siglos de opresión y abusos, volvióse suspicaz, taciturno y triste. Hoy mismo, decirle á uno ¡indio! es una injuria ó expresión despectiva, que significa rudo, montaraz, bestia de carga.
El indio carece del estímulo de mejorar su propia condición, estímulo que impele á otras razas á emprender obras que requieren atención y fuerza de voluntad: habituado durante siglos á no ejercitar su inteligencia, ni á concentrar su atención, los trabajos en que se emplea consisten en cargar grandes pesos, andar largas distancias, abrir zanjas en la tierra, ó cultivarla de una manera primitiva; alguna vez se dedica á alguna industria tosca, pero sin cambiar la forma, el gusto ó el material de los artefactos, continuando la rutina que siguieron sus antepasados; así fabrica tinajas, redes, petates, instrumentos músicos, exactamente iguales á los que fabricarían los antiguos aztecas, quichés y cackchiqueles. No parece que en su trabajo tomara parte la inteligencia, sino que obrara impelido por un mecanismo ó instinto semejante al pájaro, que contruye su nido igual á los nidos que millares de años antes formaron los pájaros de su especie. Convendría, pues, tratar de mejorar sus industrias, proporcionándoles modelos, elementos, utensilios etc. y premiando sus esfuerzos, en Concursos Regionales.
La separación de la gente de otra raza mantiene al indio en los hábitos que heredara de sus mayores: no conoce de la civilización sino sus defectos y sus vicios, y las violencias é injusticias que se le hacen sufrir, y por esto se reconcentra en sí mismo y se asocia únicamente con sus compañeros. Sacarlo, pues, de este aislamiento es un punto esencial para ponerlo en el camino de la mejora de sus hábitos: que tenga á la vista otras costumbres y otra manera de vivir más fácil y cómoda: que éntre en contacto con personas de miras más elevadas que las suyas, para que la imitación, que es natural en la especie humana, opere insensiblemente un cambio en su existencia. Mas por desgracia las personas que hoy tratan á los indios lo hacen con tal dureza y desprecio, que los alejan de sí y mantienen en ellos la desconfianza y el temor que concibieran por los conquistadores; si queremos pues, reformar á los indios, debemos comenzar por reformar nuestra conducta hacia ellos; nada importa que en la Constitución se les declare iguales á los demás guatemaltecos, si en la práctica se les considera poco menos que brutos.[196] Debe, por lo tanto, emitirse una Ley Protectora de Aborígenes.
El Gobierno, además, por medio de sus subordinados, debe emprender la cruzada de hacer que se trate bien á los indios, que se les estimule y levante. El periodismo, que es palanca poderosa, puede también popularizar las ideas redentoras de esa raza; y en los clubs y en la tribuna y en el púlpito, es dable hacer que la opinión se enderece en pro de los aborígenes, estableciéndose además Sociedades para su protección y fomento.[197]
II
La segunda causa que ha opuesto una barrera á la cultura indiana, son los idiomas primitivos, que mantienen á gran parte de los indios como sordo mudos respecto á la porción civilizada de la sociedad. Esas lenguas de los aborígenes impiden el contacto de la gente ladina con aquellas masas inertes y estacionarias, que se concentran en pueblos orientales; que ven con miedo y odio á los de otras razas que tantos males les han hecho. Sin hablar castellano los indios, no comprenden los beneficios de la civilización, y sí miran recelosos á los que consideran sus enemigos natos. El sabio Valle decía que esas lenguas aborígenes son el mayor obstáculo para que entren los indios á formar parte de la república. Desde el tiempo de la colonia, creyeron muchos que los idiomas primitivos debían sustituirse por el castellano, á efecto de que no permanecieran los pobladores de este suelo aislados de los españoles que venían del otro hemisferio. En el Supremo Consejo de las Indias, se discutió si sería mejor obligar á los aborígenes á hablar sólo castellano, de tal suerte que olvidasen sus lenguas, ó por el contrario, si debían los misioneros y catequistas aprenderlas, para hacerse entender de ellos. El Concilio Limense III, mandó que se les enseñasen las oraciones en sus idiomas y dialectos, sin obligarlos á aprender el castellano. Algunas cédulas é instrucciones recopiladas[198] dispusieron lo mismo, de acuerdo con la opinión de Acosta y Garcilaso. El célebre autor de la Política Indiana, Don Juan Solórzano y Pereira, distinguido catedrático de Salamanca, profundo legista, experto en letras sagradas y profanas, que había estado dieziocho años en Lima, de cuya Audiencia fué Oidor, y después miembro del Consejo de Indias; ese famoso doctor en leyes y cánones, dijo siempre la última palabra en la dirección de los asuntos coloniales, y opinaba que desde un principio se debió haber enseñado el español á los indios. He aquí las palabras del famoso autor de la obra "De Indiarum Jure, sive de Juxta Indiarum Occidentalium Inquisitione, Acquisitione et Retentione": "Pero, sin embargo de lo referido, dice, yo siempre me he inclinado más á la opinión contraria, y tengo para mí, que en los principios de las poblaciones de estas provincias de Indias, hubiera sido fácil y conveniente, haber obligado á todos los indios, que iban entrando en la Corona de España, á que aprendieran la lengua de ella, y que hoy aún será esto mucho más fácil y conveniente; porque, cuando en los viejos se diera alguna dificultad, no dejarán de aprender lo que bastara para entendernos: y en los muchachos y en los que después fuesen naciendo, no podía haber alguna, pues toman y aprenden con tanta facilidad, cuantas les quisieran enseñar, como lo dice Erasmo[199].
"Y así, en breve tiempo, estuviera corriente y entablado nuestro idioma ó lenguaje, y se olvidara de suerte el suyo, que ya no supiéramos cuál había sido; como lo experimentamos hoy en los indios que han quedado en la isla Española y sus adyacentes, aun sin haberse puesto cuidado en ello por nuestra parte, como lo advierte Bernardo de Aldrete[200].
"Añadiendo luego el ejemplo de nosotros los españoles, que en siendo juzgados y gobernados por los romanos, comenzamos, ya voluntaria, ya forzosamente á hablar su lengua, de suerte que dejamos y olvidamos la propia, y antigua nuestra, en tanto grado, que no ha habido quien con certeza pueda averiguar ni decir cuál era la que teníamos, aunque han trabajado mucho en inquirirlo doctos varones[201]"