Mas ya es razón de que, dejadas las cosas que pasaban por fuera de España, veamos las que por dentro acontecían al propio tiempo. El duque de Lerma, que desde antes de comenzar á reinar Felipe III fué su consejero y el árbitro de sus determinaciones, había continuado muchos años con el propio favor. Así todas las veces que hemos hablado hasta aquí de los intentos de la Corte y del gobierno de España, debe entenderse de los del duque de Lerma. No había mejorado de condición y de conducta el favorito por virtud de los años; antes á medida que ellos pasaban, iba aumentándose su codicia y su despilfarro, y ofreciendo mayores pruebas de ineptitud. Enriquecióse con los despojos de los moriscos y otros arbitrios, á punto de poder gastar cuatrocientos mil ducados en las fiestas que se celebraron por el doble matrimonio del Príncipe y de la Infanta de España, y de dedicar más de un millón á obras pías. Sólo en donaciones adquirió más de cuarenta y cuatro millones de ducados, según sus contemporáneos, aunque la cantidad es tal que pudiera pasar por increíble. Contemporáneamente llegaba la Hacienda á tal extremo de penuria, que no pudiera concebirlo la mente si no hubiera sido mayor todavía en los siguientes reinados. Las rentas estaban empeñadas por la mitad de su valor y debíanse crecidas cantidades á usureros genoveses y de otras naciones, que consumían con los intereses que sacaban del Estado el resto de ellas. Las plazas fuertes se mostraban, por consecuencia, desmanteladas; los ejércitos, mal pagados y descontentos; no se reponían los arsenales; no se conservaba la marina; no podía emprenderse obra alguna de interés público. El Duque ni se atrevía á aconsejar al Rey que impusiese nuevos tributos, ni quería tampoco aminorar los gastos del Estado. En 1617 dieron las Cortes de Castilla los ordinarios diez y ocho millones, en nueve años, á dos cada uno, sin que por eso se viese más desahogo en la Hacienda.

Había sostenido el de Lerma la ruinosa guerra de Flandes, ni más ni menos que si nos perteneciesen aún aquellos Estados; se había entremetido sin necesidad forzosa en ciertos asuntos de Italia, y había enviado desdichadas expediciones contra Argel y contra Irlanda, levantado á precio de oro discordias en Francia y expulsado al propio tiempo á los moriscos. Esta conducta varia del privado, ya buscando la paz para España, ya lanzándola audazmente á descomunales empresas, empujado por el orgullo nacional, fué censurada por el Papa Clemente VIII en un dicho, que por lo oportuno merece mención histórica. Representábale cierto fraile no poco favorecido del de Lerma cuán conveniente parecía la expulsión de los moriscos, y mostraba recelos de que sin ella se perdiese España, cuando le respondió el sagaz Pontífice: «Si estando, como decís, de esa suerte oprimidos con tal freno y rodeados de enemigos no hay quien se averigue con vosotros, ¿que sería si os viéseis libres?» Y así era la verdad; que con tantos peligros y dificultades como agobiaban á España, no dejaba de entremeterse en todo, cosa que acrecentó mucho la pobreza y decaimiento del reino, sin darle ninguna ventaja, ni aun aparente de gloria ó engrandecimiento. Murmurábase por todas partes del Ministro; el clero y los grandes plebeyos miraban de consuno en él la causa de todos los males, y juzgaban que con solo perderle se remediarían: ilusión harto frecuente en las naciones afligidas del yugo de un favorito ó de un mal ministro, sin pensar en que tan fácil como es obrar el daño, tan difícil y lento es el repararlo después de causado.

En fin, combatido por todas partes el Ministro, sintió vacilar su ánimo; comprendió que no estaba lejos el día en que había de perder la gracia del Rey, y temió que entonces se le sujetase á recio castigo. Para evitarlo redobló sus cuidados, poniendo cerca de la persona del Rey, con cargo de sumiller de corps, á su hijo el duque de Uceda, joven de escaso mérito, más ducho ya en las intrigas y algo en negocios, y dotado de algunas prendas de cortesano. Y habiendo ascendido al capelo el maestro Javierre, confesor ahora del Rey, puso en tal lugar al Padre Luis de Aliaga, que era confesor suyo, hombre al parecer de humildes intentos, pero en verdad muy codicioso y soberbio. No tardó de esta manera en haber tres favoritos á quien contentar en la Corte y á quien dar mercedes, pues todos las admitían sin empacho del Rey y de los particulares. Hubo muy luego quien prefiriese comprar por su dinero el favor de Uceda y del Padre Aliaga, á gastarlo en favor y amparo del de Lerma, como antes se solía, tal hemos visto que hizo el duque de Osuna.

No se descuidaba tampoco D. Rodrigo Calderón por su parte, que era acaso el que tenía más talento de todos, y así la confusión de los negocios y la inmoralidad de los gobernantes iban llegando al último punto. Mas estando la influencia en tantas manos no podían menos de originarse discordias, y con efecto se originaron muy pronto. El mozo Uceda comenzó á disputarle á su padre la gracia del Rey, ayudado al principio del confesor, que, como suele suceder en ánimos viles, cobró al viejo Duque desde luego tanto odio como obligaciones le debía, tomando el beneficio por ofensa de su vanidad, y la gratitud antigua por desmerecimiento de su actual grandeza. La lucha entre el padre y el hijo fué larga, y de ejemplo tan miserable, como penosa memoria. Pronto se vió estallar otra entre Uceda y el confesor, que no quería compañero en la privanza, mas concertáronse al fin viendo que separados no podían derribar al de Lerma. Éste en tanto procuraba tenazmente defenderse. Puso en la cámara del Rey á su sobrino el conde de Lemus y á D. Francisco de Borja, también deudo suyo, para que combatiesen á su hijo y lo sostuviesen á él en el mando. Pero ni uno ni otro supieron contrapesar el influjo de Uceda y de Aliaga. Era el duque de Lerena ayo del príncipe de Asturias D. Felipe, y aun siendo niño como era, propusiéronse Lemus y Borja darle en él un apoyo que lo sostuviese, moviéndole con continuas alabanzas á amarlo, al paso que desacreditaban al de Uceda. Súpolo éste, y entre él y su confidente Aliaga lograron que D. Francisco de Borja fuese honrosamente desterrado, dándole el virreinato de Aragón. Entonces el de Lemus, dotado de no vulgar espíritu, fué á ver al Rey para rogarle que de desterrar á Borja no le dejase á él en la corte: «idos adonde quisiéreis»—le contestó Felipe—, y el Conde se retiró al punto á sus haciendas, después de haber hecho los más generosos esfuerzos por salvar á su tío el duque de Lerma, y con el dolor de que éste, lejos de agradecérselo, llegase en los últimos días á dudar de su lealtad.

En tanto, en la opinión pública se mostraba de día en día mayor el odio y mayor el esfuerzo para derribar el poder del viejo Duque, achacándole todo lo que hacían entre muchos. Doblaban sus enemigos los esfuerzos, multiplicaban las trazas y los expedientes y las intrigas, y aunque á todo respondía el de Lerma, valiéndose de la maña y artificios de Calderón, no dejaban de llevarle ventaja, porque con su largo gobierno traía ya gastados todos los resortes de su poder y prestigio personal. Sosteníale, sin embargo, en su puesto el cariño del Rey, que no se había disminuído en lo más pequeño, y por lo mismo fué preciso que sus adversarios inventasen algo para neutralizar tal influjo. Halló el Padre Aliaga el remedio, que fué ya de por sí, ya por medio de frailes de su confianza, el dejar entender al Rey en pláticas y confesiones, que llamándole Dios á la gobernación del reino, era gran pecado dejarla en manos de otro. Tal idea, imbuída en el ánimo devoto del Rey, se mantuvo en él hasta su muerte, causándole vivísimos y extraños remordimientos. Conoció el duque de Lerma que no podía resistir ya mucho tiempo, y para procurarse un seguro en todo trance, pidió y obtuvo de Roma el capelo de Cardenal. Verdad es que siempre manifestó alguna inclinación en todos sus pesares á entrar en la vida religiosa, apartándose de las pompas del mundo. Mas puesto en la pendiente, el capelo mismo apresuró su caída, porque el Rey, con el respeto que su dignidad le inspiraba, no se acomodaba á tratar con él de los negocios ni á ordenarle cosa alguna.

Á tal punto las cosas, hicieron un gran empuje sus enemigos, y lograron por fin ponerle en tierra. Hallándose la Corte en El Escorial, le dió el Rey en propia mano (1617) un papel donde le mandaba que se fuese á Valladolid. Imploró entonces bajamente la piedad de sus enemigos y señaladamente la de un cierto Padre Florencia á quien veneraba el Rey mucho; mas no logró con sus bajezas sino menosprecio. Tuvo que partir, aunque no sin consuelo, porque en el camino recibió todavía señaladas muestras de la benevolencia del Soberano, que no había quitado de él ni un punto del amor que le profesaba. Sin ser perverso el de Lerma, será siempre uno de los ministros que con más razón censure la Historia. Su defecto capital fué la codicia; pero ella dió ocasión á que incurriese en faltas de todo género. Pocos defectos hay tan grandes ni tan viles en los ministros como la codicia y la falta de pureza en el manejo de la hacienda pública. Y el duque de Lerma, sobre ser tan señalado en esto, alcanzó el privilegio triste de ser el primero que abriese en el Gobierno tal camino, por desdicha seguido luego de tantos.

Siguiéronse á su caída míseros espectáculos de esos que tan comunes suelen ser en los Gobiernos absolutos como el de España lo era. Los vencedores saciaron la ira contra sus favorecidos y los pocos amigos que le habían quedado. De ellos fué D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete-Iglesias, privado del privado; á este pusieron en prisiones y comenzaron á formarle un proceso, que tuvo lastimoso fin en el reinado siguiente. Hombre fué el D. Rodrigo de singular historia, y á quien es imposible olvidar, tratando de los sucesos de esta época. En todos tuvo muy gran parte, y en algunos de ellos la principal, puesto que desde el tiempo en que logró el favor del duque de Lerma no se apartó de su lado, dirigiendo ó encaminando todos sus negocios. Pueden atribuirse á D. Rodrigo muchos hechos que corren á cargo del duque de Lerma. En codicia y ambición no era menor, y superábale sin duda en orgullo. Señalóse también en no reparar tanto como su favorecedor en derramar sangre, si por acaso le convenía. Ordenó dar garrote sin proceso á un alguacil llamado Ávila ó Avililla, y á un tal Francisco de Juara, porque no revelase secretos suyos lo mandó asesinar, cosas ambas que alborotaron á la Corte. Llegó á despachar con el Rey, y parecía más privado que el mismo duque de Lerma. La reina Margarita vino á aborrecerle mortalmente por desafueros, de donde emanó sin duda la acusación de que por él había sido envenenada cuando murió de sobreparto, que fué tan anteriormente á su caída. La Corte toda le detestaba; no tenía otro sostén ni apoyo sino el duque de Lerma. Y, sin embargo, era tal, que comenzó á desacreditarlo por celos de que se entregaba todo á un cierto criado suyo, por nombre García Pareja, que á la verdad tuvo por entonces sobrado influjo en los negocios públicos. Celos de favorito para los cuales tampoco tenía razón alguna. Cuéntase que la primera vez que el Duque Cardenal miró airado contra sí el semblante del Rey, fué por excusar á D. Rodrigo; y era tanto el generoso afecto que le tenía, que no lo desamparó por eso un momento. Cuando cayó él fué cuando D. Rodrigo no pudo sostenerse más y vino al suelo, comenzando entonces á correr sus desventuras.

No alteraron tales catástrofes la política de España, ni se mejoraron por eso las rentas, ni hallaron algún remedio los males públicos, cosas, si esperadas del vulgo, con razón calificadas de imposibles. Ya que no tuviese Lerma sucesor en el cariño del Monarca, los tuvo más ó menos ostensibles en el Gobierno, ni mejores por cierto, ni más hábiles que él. Ni el duque de Uceda, ni D. Baltasar de Zúñiga, ayo ahora del Príncipe, ni su confesor y los demás clérigos y devotos que le rodeaban, supieron obtener ó aconsejar mejores cosas. Consultóse (1619) al Consejo de Castilla y á varias personas graves, principalmente eclesiásticas, sobre el remedio de los males de la Monarquía; pero en sus dictámenes no se halló cosa de provecho, si no fué la idea de reducir el número de los monasterios y dificultar las profesiones religiosas; y aun por eso no se llevó á ejecución. Lo demás se redujo á arbitrios pueriles, y propios solamente de las erradas miras económicas de aquel tiempo. Ganó en tanto D. Juan Ronquillo en el mar de Filipinas una gran victoria naval á los holandeses, que no obstante las treguas combatían nuestras colonias y pirateaban en nuestros mares: tomóles ocho bajeles y degolló y aprisionó á cuantos lo tripulaban. Las nuevas del suceso pudieron alegrar los funerales de la antigua privanza. Fué no menos glorioso el suceso de Adra, en las costas de Granada. Arribaron acá siete galeras de turcos, y desembarcando quinientos hombres, acometieron la villa. Defendióla D. Luis de Tovar con unos veinte soldados hasta morir en el trance con ellos, y luego los vecinos recogidos en el castillo se sostuvieron tanto, que dieron tiempo á que, acudiendo la caballería de la costa y gente armada de las Alpujarras, tuvieran los enemigos que embarcarse con mucha pérdida. Hízose célebre también por aquel tiempo la capitana San Julián, que separada de una escuadra que iba á las Indias, se vió acometida de cuatro navíos ingleses que andaban al pirateo. Mandaba la nave D. Juan de Meneses, y supo pelear de tal manera, que después de dos días de combate, obligó á los enemigos á huir muy maltratados. También el marqués de Santa Cruz apresó delante de Barcelona dos grandes bajeles de moros. Y por los mismos años (1617) ganaron en Italia y Alemania ventajas y laureles las armas españolas, que fué nuevo motivo de orgullo y consuelo.

Había sucedido D. Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, al marqués de Villafranca en el Gobierno de Milán. El nuevo Gobernador, hallando á los habitantes de la Waltelina, que eran católicos, en abierta rebelión contra sus señores los grisones, que al parecer querían imponerles el calvinismo, se determinó á intervenir en la contienda, y fué de modo que tomó para España aquel territorio. Hemos dicho en otra parte que era de grande importancia para nosotros el poseerlo, porque ponía en comunicación al milanés con los países hereditarios de la casa de Austria, y que el conde de Fuentes, famoso Gobernador de aquel Estado, había ya hecho mucho para ello, ganando los ánimos de los naturales y acercando allá nuestras fuerzas. Con esto fuéle fácil ahora al duque de Feria echar del territorio á los grisones, y al punto, para asegurarlo, levantó en él fortalezas, de manera que los enemigos intentaron en vano recobrarlo. Gran ventaja sin duda á poder conservarse. Mas lejos de atender á aprovecharla y consolidarla, puso los ojos nuestra Corte en nuevos intentos, que por mayores tuvieron desde el principio menos fortuna. Había ya comenzado en Alemania la guerra de los treinta años que tanto lugar ocupa en la Historia. Tiempo hacía que España era el amparo del catolicismo alemán y el brazo derecho de los Emperadores: desde los días de Carlos V y de la confesión de Augsburgo, no ocurrió allí cosa en que no mediara nuestro nombre y nuestro poder. El espíritu nacional, dominado siempre por el recuerdo de lo antiguo, y alimentado por las predicaciones continuas del clero y los ejemplos de intolerancia extrema del Tribunal del Santo Oficio, ya sabemos que no se mostraba contrario á las guerras religiosas y á los sacrificios hechos en defensa del catolicismo; antes bien, se solían mirar como necesarios y justos, por más que doliese el soportarlos. Luego el poder de la policía tradicional era tan grande que, como también dejamos indicado, muchos españoles, y acaso el mayor número, aceptaban gustosos los más caros proyectos de engrandecimiento, al paso que rechazaban las más prudentes medidas, con tal que fuesen indicios de flaqueza en la Monarquía.

Bien se mostró esto en las treguas de Holanda, tan murmuradas y censuradas, que no fueron de los menores cargos que se hicieron al duque de Lerma y que ayudaron á su caída. Junto el interés religioso con el interés político en la guerra de los treinta años, no era posible que nosotros dejásemos de tomar en ella parte. Que el interés religioso nos lo aconsejase, no ofrece duda ni necesita pruebas por consiguiente; pero lo del interés político, no tan claro ni averiguado, necesita de explicación oportuna. Había muerto en 1618 el emperador Matías sin dejar hijos varones, y no teniéndolos tampoco sus hermanos, parecía fundado el derecho del Rey de España, sobrino del emperador Maximiliano, á los Estados hereditarios de la casa de Austria. Fernando II, que sucedió en el Imperio, había sido antes elegido Rey por los habitantes de Bohemia, sublevados contra el emperador Matías porque violaba sus antiguos fueros y privilegios; pero no bien le vieron levantado á más alta dignidad, mudaron de propósito y ofrecieron la corona á Federico, elector Palatino. Naturalmente, Fernando de Austria desde los primeros días de su exaltación al Imperio trató de recobrar aquellos Estados, antes unidos á su casa; pero los protestantes alemanes que habían formado en tiempo de su antecesor la llamada Unión Evangélica, para defenderse contra las pretensiones, á la verdad muy grandes, de los católicos, acudieron en socorro del príncipe Palatino, á la par que el Rey de Inglaterra, su pariente, y el famoso Betlem Gabor, Príncipe de Transilvania. No tuvo Fernando en este trance otro recurso que pedir ayuda á los Príncipes católicos, y señaladamente al Rey de España, que era tenido aún por el más poderoso, y cuya ayuda por los lazos de la religión, la sangre y la política debía ser, como había sido en tantas ocasiones, más sincera y eficaz que otra alguna. Pero no se prestó este al socorro, sin pedir y pactar antes cierta compensación y paga. No sabemos de documentos españoles que prueben este hecho; pero él está atestiguado por el conde de Khevenhuller, Embajador del Imperio por muchos años, y muy sabedor por lo mismo de las cosas de nuestra Corte, en sus Anales de Fernando II. La compensación era por los derechos importantes que tenía Felipe III á la corona de Hungría y de Bohemia, y la paga por los grandes auxilios que había de dar en hombres y dineros. En virtud de una y otra se firmó un tratado secreto, por el cual el Emperador se obligó á ceder á España la parte de Austria llamada anterior ú occidental, siempre que llegase á poseer con nuestra ayuda aquellos otros Estados.