No sería bastante el dicho de Khevenhuller para persuadirnos de que con efecto hubo tal promesa ó pacto, si no lo viésemos confirmado por anteriores y posteriores sucesos. Desde el tiempo de Felipe II y del conde de Fuentes no había descansado un punto nuestra Corte en la empresa de unir el Milanesado con las provincias de Flandes por medio de los países hereditarios del Emperador. Y dados los derechos de Hungría y de Bohemia y los apuros del Emperador, que era darnos la posibilidad de hacer españoles los mismos países hereditarios, uniendo por tierras nuestras las provincias de Italia y Flandes, ¿no parece natural que se extendieran á tanto los intentos? No nos atrevemos á censurarlos de locos, porque la ventaja que de su ejecución podía venir era tan grande, que bien podía correrse por alcanzarla cualquier riesgo. Con la situación de Francia, no favorable todavía para empeñar una guerra y la alianza con el Emperador, que de todos modos era poderoso, no parecía el éxito imposible. Difícil y costoso sí era; pero ¡cuántas cosas de igual dificultad y costo no se habían acometido antes y se acometieron después sin tan lisonjeras esperanzas ni interés de tanta monta! Lo que merecería graves censuras sería que sin tamaño intento se hubiesen hecho los sacrificios que se hicieron, y hubiésemos tomado sobre nuestros hombros tan pesada carga, como llevamos, durante aquella guerra. El celo religioso por sí solo no basta á explicarlo; y es menester juntar con sus efectos los efectos de un plan político, para disculpar en la penuria del Tesoro y en la falta de soldados que sentíamos, las campañas del Palatinado y de la Alsacia y las expediciones de Spínola, del duque de Feria y del cardenal Infante. Ellas no produjeron fruto alguno, y el intento de la dominación en las provincias occidentales de Austria no tuvo ejecución. Pero esto no persuade que no lo hubiera, ni debe ser parte para desaprobarlo: ni España ni el Imperio pudieron imaginar que la espada de Gustavo Adolfo pesase en la contienda.

Á comenzarla salieron de los Países Bajos ocho mil soldados, los cuales se incorporaron con el ejército imperial que caminaba ya á encontrar al del conde Palatino en el corazón de la Bohemia. Y entre tanto, para matar en el origen y fuente el poder del Palatino, se determinó juntar nuevo ejército en el Rhin que entrase á ocupar sus Estados de Alemania. Pasó el río el marqués de Spínola con veintidós mil infantes y cuatro mil caballos, dejando las armas en Flandes al cuidado de D. Iñigo de Borja, y poniendo á la parte de Frisa y en defensa de las plazas imperiales del Rhin, al marqués de Belveder, D. Luis de Velasco. Al saber estas noticias la Unión Evangélica, levantó también un ejército que se compuso de veinticuatro mil hombres al mando del marqués de Auspach, con el cual creyó asegurar el Palatinado situándolo en Oppenheim, por donde forzosamente tenían que pasar los nuestros. Burló Spínola con su ordinario acierto los planes de los protestantes. Desde Coblentza, tierra del arzobispado de Tréveris, se puso en camino para Francfort, fingiendo que iba á acometer esta plaza, con lo cual atrajo hacia allí al general enemigo, y entre tanto, con marcha rápida y atrevida, se lanzó sobre Oppenheim, y, cogiéndola desprevenida, entróla por asalto. Salvó de nuevo el Rhin, y ya sin obstáculo, entró en el Palatinado, haciéndose dueño en breve tiempo de todo el país. En vano el conde de Auspach, con ayuda de holandeses que trajo el conde Enrique de Nassau, pretendió quitar á los nuestros las adquiridas ventajas, porque ellos supieron hacer sus puestos inexpugnables á la Unión Evangélica. Y en tanto, los imperiales, al mando del duque de Baviera, ganaron con ayuda del refuerzo de España la famosa batalla de Praga, donde fué completamente deshecho el ejército del elector Palatino, con pérdida de más de diez mil hombres muertos y prisioneros, y toda la artillería y bagajes. Pelearon allí valentísimamente el conde de Busquoi, flamenco de nación, y el coronel de walones D. Cristóbal Verdugo, uno y capitanes de España. Pareció por un momento que con tal victoria los intentos del emperador Fernando II y del Rey de España no habían de hallar obstáculos considerables. Halláronles, sin embargo, y España, sin provecho alguno, tuvo que hacer grandes gastos y sacrificios los años adelante por haber entrado en la empresa.

No tuvo tiempo de sentirlos Felipe III, porque á los 31 de Marzo de 1621, rindió su alma al Criador, siendo cuarenta y tres los años de su edad y veintitrés los de su reinado. Hacía ya tiempo, que su salud, frágil siempre, venía muy quebrantada. La desconfianza de su salvación y el temor de las penas de la otra vida apresuraron acaso la muerte: tal era de escrupulosa la conciencia de aquel buen Príncipe. Aquella idea que el confesor Aliaga y los frailes sus secuaces, principalmente el prior de San Lorenzo y un cierto P. Santa María, le habían infundido de que Dios no podría perdonarle el haber entregado el gobierno de los reinos que le dió á un favorito, si produjo la ruina del de Lerma como se pretendía, causó también en el Rey horribles tormentos, principalmente á la última hora de su vida. Murió pidiendo perdón á Dios de no haber gobernado por su persona, y repitiendo con lastimosas voces: «¡Ah, si Dios me diera vida cuán diferente gobernara!» Y por todo consuelo el P. Florencia no supo más que recordarle cuántas veces le había dicho que no cometería un pecado mortal por todo el mundo, y cómo había sustentado las guerras de Alemania contra protestantes y había echado de España á los moriscos. Alabóse en este Padre el que no se hubiese aprovechado de aquella hora suprema para sacar alguna merced del Rey; no fueron todos tan mirados, y entre otros el Padre Aliaga que le sacó merced de cuatro mil ducados anuales por toda su vida, y el prior de San Lorenzo del Escorial el obispado de Tuy. ¡Miserable y desconsolador espectáculo el que ofreció por todos conceptos aquella estancia de muerte! Forjó el Embajador francés Bassompierre un cuento increíble, de esos de que tanto gustan los de su nación, suponiendo que por etiqueta los grandes de su servidumbre no acudieron á quitar de su lado cierto día un brasero que le ocasionó la muerte: ¡lástima que otros historiadores hayan dado crédito á tales patrañas!

Así acabó Felipe III, Príncipe que dejó de ser Rey antes de empezar á reinar. «En su corazón, dice el autor de los Grandes anales de quince días, sólo existían la religión y la piedad: fué de costumbres tan candorosas, que con su mirar daba tanta devoción como respeto: tan virtuoso, que se podían esperar de la pureza de su espíritu tantos milagros, como hazañas de su poder.» Mas con todo eso, ni fué el Rey que España necesitaba, ni hizo otra cosa que empujarla poderosísimamente hacia su ruina. El propio autor de los Anales añade que muchos, acordándose de su santidad, llamaban á los sucesos en la conservación de la Monarquía milagro continuado: y lo fué sin duda muy raro. Acaso por defuera se ostentaba el poder de España más extenso y grande que nunca; pero en el interior se sentían ya los síntomas de la decadencia.

Sostuvo nuestro nombre en el mundo el espíritu antiguo de grandeza y la costumbre de dominar y de vencer que guardaban en sus ánimos algunos buenos capitanes y políticos españoles, más perseguidos y penados que recompensados por ello. Vivióse en todo de lo pasado, y no pareció en muchas ocasiones sino que el Estado se gobernase sólo, abandonados á su arbitrio los Virreyes y Capitanes generales de las provincias y los diplomáticos que representaban á la nación en Cortes extrañas. Incapaces de comprender la política que conviniese á España en aquella era, el duque de Lerma y los ministros que heredaron su influjo sólo por la fuerza de la tradición fueron hábiles algunas veces y tuvieron levantados pensamientos. Mas faltó en todo la oportunidad y el acierto que únicamente se alcanza en el propio estudio y en el verdadero conocimiento de las cosas. El Ejército y la Marina quedaban en mucho peor estado que á la muerte de Felipe II; las artes y oficios mecánicos más decaídos; había menos comercio é industria, y la agricultura proporcionaba aun al labrador empobrecido menos ventajas. La amortización de la propiedad tocó en este reinado los mayores extremos, principalmente la eclesiástica, produciendo sus ordinarios males. Y no era de los menores la desigualdad en el repartimiento de los tributos que con ella venía. No montaban los donativos voluntarios del clero y la nobleza tanto ni con mucho como debieran pagar por sus haciendas, y así los pequeños propietarios cada año se sentían más decaídos. Con esto la Hacienda, lejos de concertarse y mejorarse como se pudiera, dado que ni se hicieron conquistas, ni á pesar de todo se mantuvieron grandes guerras, se había dado un gran salto hacia el abismo en cuyos bordes la dejó el Monarca anterior. La nobleza, vencida por Carlos V y sujeta y oprimida por Felipe II, daba de sí á las veces altas muestras recordando lo que había sido; pero en lo general puede decirse que no mejoró de posición ni de fortuna. Aun las altas muestras de sí las daba la nobleza fuera de España; porque aquí dentro no osaba mover la lengua, sino en caballerescos galanteos, ni el brazo, sino en desafíos y aventuras. Púsose en este reinado más cerca del trono que en el anterior; pero no para que cobrase la dignidad antigua, sino para que le sirviese de ornamento y de cómplice. Mejor estaba la grandeza recogida en sus castillos ruinosos, murmurando de los ministros plebeyos de Felipe II, que no autorizando con su asistencia las dilapidaciones de los favoritos de su hijo, y acaso contribuyendo á ellas, cambiando sus títulos viejos tan gloriosos, por títulos nuevos y dignidades de la Real Casa.

Las ciencias quedaban ya casi subyugadas á la teología y del todo envueltas en las tinieblas del escolasticismo y aristotelismo. Fueron los teólogos y filósofos de más nota, Ángel Manrique, llamado el Atlas, por su vasta doctrina, natural de Burgos, hombre elocuentísimo y catedrático de Salamanca; Marsilio Vázquez, Pedro de Oviedo, Gabriel Vázquez, Baltasar Téllez, Francisco Suárez, Francisco de Toledo, Rodrigo Arriaga, y, sobre todo, el ilustrísimo Juan Caramuel, uno de los talentos más singulares que haya habido jamás, teólogo, filósofo y orientalista. Todos ellos escribieron obras eruditísimas y de copiosa doctrina, pero sin grande elevación ni libertad filosófica. Dos cosas pueden llamar la atención en este punto, porque dan á entender en nuestro concepto que ni aun del escolasticismo y aristotelismo se fiaba ya la Inquisición española. Es la una, que no hubo filósofo alguno que no fuese eclesiástico, como si el serlo no se les permitiese ya á los legos. La otra es todavía más importante. Durante el reinado de Carlos V y de Felipe II, sin contar los que dentro del reino se miraron con más ó menos razón perseguidos, hubo algunos teólogos y filósofos que fueron á profesar sus doctrinas en tierras extrañas; mas no parecía singular, porque eran, por lo común, las que se iban, personas más ó menos inficionadas en la herejía. Ahora se notaba ya que ni uno solo, aun siendo muy buenos católicos, permanecía al fin en España, saliendo fuera de ella con diversos pretextos á enseñar sus doctrinas y á publicar sus obras. Fué á parar Marsillo Vázquez á Italia, y allí explicó filosofía con mucha reputación en las Universidades de Florencia y Ferrara; Pedro de Oviedo murió de Obispo en el Río de la Plata; Juan Caramuel, no bien concluyó sus estudios en la Universidad de Alcalá, pasó á Flandes y luego á Italia, donde tuvo que ver alguna cosa con el Sacro Colegio por cierta obra suya calificada de dudosa en la fe; Francisco de Toledo enseñó en Roma filosofía y teología, y fué nombrado por el Papa Gregorio XIII censor de sus propias obras, que fué concederle una especie de libertad de pensar exclusiva; Rodrigo de Arriaga, el más atrevido de aquellos filósofos, fué á parar con sus lecciones y doctrina en Bohemia; solo Ángel Manrique, Baltasar Téllez y el granadino Francisco Suárez, metafísico profundo y de clarísimo estilo, autor del libro De legibus y otros muchos, en los cuales estudió Vico un año entero la filosofía, por ser los más famosos de su tiempo, murieron en la Península; pero aun no en estos reinos, sino en Portugal, donde hubo siempre otro género de libertad religiosa y civil que en Aragón y Castilla. Fueran tales hechos para casuales demasiados en número, y bien pueden fundarse sobre ellos, cuando no evidencias, por lo menos muy razonables sospechas. Y aun pueden añadirle crédito algunos hechos que tuvieron lugar por entonces. Fué el P. Juan de Mariana el último de los grandes pensadores que tuvo España, y uno de los mayores de su siglo. Su historia, no desnuda ciertamente de defectos, fué la primera que vió Europa después del renacimiento de las letras que mereciera tal nombre, y los extranjeros, tan parcos en alabar nuestros hombres y nuestras cosas, han tributado al sabio jesuíta grandes homenajes de admiración y respeto. Permitiósele escribir acerca de los Reyes con libertad, aun hoy tenida de muchos por demasiada, porque entonces el sentimiento monárquico era tal, que no había en ello el menor peligro, y más parecía entretenimiento que doctrina el tratar de tales asuntos los sabios. Pero no bien trajo su pensamiento á censurar moderadamente las cosas presentes ó á explicar teorías de aplicación inmediata, fué rigurosamente perseguido, ocasionándole grandes pesares. Tal aconteció al escribir el tratado famoso sobre la alteración de la moneda, medida tan perjudicial de aquel reinado. Los lazos de la represión estaban, pues, más estrechos que nunca. Algunos años más, y doctrinas tales como las de Mariana en el libro De Rege, ni por entretenimiento podrían ser enseñadas ni defendidas. Argensola y el P. Sigüenza escribieron también en esta época libros históricos notables por la belleza del estilo, mas no por la crítica y filosofía de Mariana.

Pero en tanto que morían las ciencias, el ingenio español ofrecía altísimas muestras de sí en otro género de letras. Sin más pretensión aparente que el entretenimiento y recreo, dió á luz el inmortal Cervantes su Ingenioso Hidalgo, maravillosa lucha y contraste de lo real con lo imaginario, del mundo práctico con el mundo poético, de lo sublime con lo ridículo; cuadro inmenso de costumbres que no pierde su oportunidad con los siglos, símbolo eterno, libro, en fin, el más grande de nuestra literatura y que apenas halla rivales en el mundo. Menos afortunado en sus novelas, hízolas, sin embargo, dechado de estilo, y alguna de ellas singularísima en la pintura de caracteres y costumbres. Sus obras poéticas son las que menos boga han alcanzado; y aunque á la verdad no la merecían muy grande, siempre es cierto que la reputación del autor en otras cosas las ha perjudicado bastante. Floreció á la par Balbuena, poeta de talento colosal, que tal vez hubiera parecido más grande á tenerlo menor, y escribiendo con más estudio y en mejor ocasión sus obras. En el Bernardo dejó los trozos de poesía épica más valientes que haya en castellano, envueltos en un fárrago de versos insoportables, y en la Grandeza Mejicana describió la Primavera con gran belleza en la dicción, y mucha novedad y galanura en los pensamientos, á la par que con sus ordinarios defectos: también en el Siglo de oro dejó buenas églogas, aunque amaneradas y frías, como solía ser siempre aquel género de poesía, imitación eterna de la literatura latina. Con éstos ha de juntarse el nombre insigne de Lope de Vega, monstruo de fecundidad y de imaginación que dió su nombre á mil novecientas comedias, si no buenas todas, ninguna falta de belleza y de ingenio, verdadero maestro del arte dramático en España, y harto encarecido de propios y extraños, para que mucho nos detengamos en su elogio. Fué época aquella gloriosa, en fin, y grande para las bellas letras; pero no ha de atribuirse por ello honor alguno al Monarca ni á sus Ministros. Era que todas las fuerzas intelectuales de la nación se habían refugiado en la literatura, cerrado el camino de la Filosofía, de la Historia y de las Ciencias físicas y matemáticas. Aún allí no habían llevado sus armas la Inquisición y el escolasticismo, pero no andaban muy lejos. La representación de las comedias, bien tolerada por Felipe II, se vió ahora amenazada de muchos teólogos. Felipe III, aunque asistió á algunas, y señaladamente á una que se representó en cierto teatro mandado levantar por el duque de Lerma sobre las aguas del Tormes, no gustaba mucho de ellas: acaso hubiera caído entonces el arte dramático á no ser sostenido y defendido vigorosamente por otros teólogos y frailes muy aficionados á tal espectáculo.

En suma, sólo puede decirse que merecieran favor al rey Felipe III las costumbres privadas y el catolicismo. En su reinado no es posible olvidar á los confesores, antes parece preciso irlos recordando á la par de los ministros y capitanes. Acrecentáronse extraordinariamente los monasterios, tanto en bienes como en número de religiosos, á pesar de los clamores de las personas prudentes y en algún tiempo del mismo Consejo de Castilla, y llegó al último punto la influencia del clero en los pueblos. También se acrecentaron los santos, porque Roma, que tanto partido sacaba de Felipe III, no regateaba en cambio las canonizaciones y beatificaciones. Ni se echaron de menos los autos de fe, siendo entre todos notable el de 1610 en Logroño, donde fué quemada por bruja confitente una cierta María de Zozaya, y diversamente castigadas por igual delito ó por practicar distinto culto del católico, hasta otras cincuenta y dos personas. Mas ello fué que con el predominio de la idea religiosa, aunque produciendo tan dolorosos extremos á las veces, con los ejemplos piadosos del Rey y con la hipócrita moderación de la Corte, se logró que las costumbres públicas, lejos de decaer de como las había dejado Felipe II, se mejorasen todavía. Quizás en ninguna época se han visto en España tan pocos escándalos y crímenes como en este reinado, ni en país alguno del mundo se han respetado más la moral y las conveniencias sociales, obras todas de un rey cristiano. En cambio, la moralidad de la administración y del gobierno padecieron gran mengua. Salió á la plaza la lisonja poco sufrida de los reyes anteriores; diéronse al envilecimiento los puestos que solía tener antes el mérito; comenzaron las dádivas de todo género á hacer las veces del Consejo y á producir persuasión en los ánimos; la vanidad y la codicia y la abnegación se abrieron á todo camino, obras estas propias de un rey inepto. Buen católico y mal rey, he aquí formulado el carácter de Felipe III: lo que quiso ser y lo que fué para España.