LIBRO TERCERO

SUMARIO

De 1621 á 1636.—Principios del reinado de Felipe IV.—Privanza de Olivares.—Autoridad anticipada.—Castigos y venganzas, el P. Aliaga, Calderón, Osuna, Uceda, el duque de Lerma.—Reformas en el Gobierno.—La moneda.—La Hacienda y las Cortes.—Disgustos en las de Cataluña y Castilla.—Empeños de la Monarquía.—Alemania: victoria en Hoecht.—Holanda: renuévase la guerra, rota de su escuadra en el estrecho de Gibraltar, muere el archiduque Alberto.—Genepp, Meurs, Berg-Op-Zoom, batalla gloriosa de Fleurus, sitio y toma de Breda.—Triunfos navales en América.—La Mamora.—Venida á España del Príncipe de Gales, negociaciones matrimoniales, guerra con Inglaterra, rota de los ingleses en Cádiz.—Italia: guerra de la Valtelina, sitio de Verrua, hostilidades entre Francia y España, paz de Monzón, armada á la Rochela.—Italia: sucesión del ducado de Mantua, sitio de Cazal; pasa allá Spínola; fuerzan los franceses el paso de Suza; levántase el sitio de Cazal; concierto de Suza; campaña de Richelieu; derrota de los saboyanos en Javennes; muerte del duque de Saboya; nuevo sitio de Cazal; mala defensa del puente de Cariñán; muerte de Ambrosio Spínola; tregua de Cazal, Quierasco.—Flandes: malos sucesos del conde de Berg.—Pérdidas marítimas.—Liga de Leipzig.—Campaña en el Rhin de Gustavo-Adolfo.—Oppenheim, Maguncia.—Funesta campaña del duque de Feria en la Alsacia; su muerte.—Flandes: vuelve á España la soberanía.—Traición del conde de Berg; gobierno del marqués de Santa Cruz; pérdidas; combate de Maestrik y gobierno de los cuatro generales; derrota de nuestra armada en Zelanda; gobierno de Lerma; muerte de la Infanta; gobierno del marqués de Aytona; sucesos varios; nómbrase al cardenal Infante D. Fernando, para el gobierno de los Estados; su carácter y cualidades; viene por Alemania con un ejército; batalla gloriosa de Nordlinghen. Francia declarada enemiga.—Algunas empresas de Asia y África.

Dejó el difunto Rey cinco hijos, y de ellos era Don Felipe IV el primogénito, que le sucedió á la edad de diez y seis años, el cual estaba casado desde los once con la princesa Doña Isabel de Borbón. Viéronse al comenzar este reinado los mismos síntomas que cuando empezó el anterior. La cámara del Príncipe estaba puesta desde 1615, y en ella había entrado como Gentilhombre D. Gaspar de Guzmán, tercer conde de Olivares, de noble casa y muy agraviada porque no se la hubiese concedido aún grandeza de España. No se inclinaba el nuevo Rey en los principios al Conde; amaba más á otros de su cámara; y sólo el duque de Lerma, con su ojo perspicaz y ejercitado, acertó á comprender que en él tenía sucesor y acaso rival temible. Quiso entonces apartarlo del Príncipe, pero ya no pudo; y el Conde, disimulando mucho y alimentando á su costa con su ingenio y arbitrios las pasiones voluptuosas del joven Príncipe, no de otro modo que el de Lerma había alimentado la devoción del padre, logró al fin la privanza que apetecía. Así, desde mucho antes que muriese el rey D. Felipe III, sabíase en la corte y en todo el mundo, quién había de ser el ministro y favorito de su sucesor, y el árbitro de las cosas del Estado.

Dió muy pronto el de Olivares muestra de sí y de su valimiento. En los últimos días del Rey difunto, los amigos del duque de Lerma, que estaba retirado en su villa de este nombre, quisieron tentar por último á la fortuna, mandándole venir á toda prisa. Parecía vivo todavía en aquel Príncipe el cariño del Duque, y era de temer su llegada para muchos, aun en aquel trance, sobre todo si prolongaba por azar la vida, que de ello había, como siempre, alguna esperanza y duda. Pero como supo el caso Olivares, determinó llevar á cabo uno de esos atrevimientos, que sólo en el buen éxito pueden recibir aplauso, aun de parte de aquéllos que no ven en las cosas sino la utilidad que proporcionan. Aconsejó al Príncipe que ejerciendo jurisdicción anticipada enviase un mensaje al Duque Cardenal, mandándole que se volviese á su villa de Lerma, sin llegar á la corte. Hízolo el Príncipe; llegó el mensaje, y el de Lerma obedeció, aunque notando que no tenía aún autoridad quien lo ordenaba. Tampoco había muerto todavía Felipe III cuando Olivares le dijo públicamente al duque de Uceda, su antecesor y rival: ya todo es mío. Y mostrólo muy pronto, porque no eran pasados tres días de muerto Felipe III, cuando desagraviándose á sí mismo del agravio que aquél le debía por no haberlo querido hacer Grande, ni aun en los últimos días de su vida, hizo que el nuevo Príncipe le dijese comiendo: Conde de Olivares, cubríos, con que recibió la grandeza que ambicionaba.

Después de desagraviarse á sí mismo, aparentó el conde de Olivares que iba á desagraviar á la nación de las ofensas que en ella habían hecho los ministros y cortesanos de Felipe III. El primero que padeció sus iras fué el P. Aliaga, confesor del Monarca difunto, al cual mandó salir desterrado de la corte; tal merecía y mayor castigo aquel fraile indigno, que vendía á precio de oro la influencia que ejercía en el Monarca y que tanta parte tomaba en las intrigas cortesanas. Apresuróse luego el proceso de D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, aquel amigo del duque de Lerma, que á poco de la caída de éste fué puesto en prisiones. Acumuláronsele cargos gravísimos, algunos de ellos justificados, otros no tanto, y en los cuales parecía que obraba más la pasión que la verdad. Habíase hecho á todo el mundo odioso D. Rodrigo, por su desmesurada soberbia, y así fué que en la ocasión no halló más que acusadores y verdugos. Al fin, fué condenado á muerte y ejecutado en la Plaza Mayor de Madrid. La noble entereza con que murió (1620) disculpó en la opinión generosa del pueblo todos sus yerros. Por el contrario, no faltó quien culpase al conde de Olivares de aquella muerte, atribuyendo á impulsos de envidia antigua y de odio no vencido con la ruina de D. Rodrigo, el que lo dejase ir al suplicio, cuando una palabra suya podía salvarle. Dió calor á la sospecha el ver que al propio tiempo que terminaba el proceso de Calderón, se comenzaban los de tres duques y ministros famosos en el anterior reinado: el uno el de Lerma, de Uceda el otro y otro el de Osuna. Y aunque las faltas de Calderón mereciesen riguroso castigo, también causaba grima el ver que sus acusadores adoleciesen de las mismas faltas que él, y el hallar en sus mismos pasos ya al ministro que consentía ó acaso ordenaba su muerte. Fué de esta manera de más escándalo que ejemplo el castigo de Calderón, dado que antes se atribuyó á venganza, que no á justicia.

Los propios efectos se sintieron en la muchedumbre con la prisión del gran duque de Osuna. Andaba éste por la corte desde 1620 en que vino de Nápoles, suscitándose nuevas enemistades antes que no aplacando las antiguas, con la soberbia de su condición y el lujo desmesurado de su casa y persona. Públicamente se le acusaba en corrillos y papeles de haberse enriquecido malamente en el gobierno de Nápoles, y el conde de Villamediana le llegó á apellidar ladrón en unas coplas. Despreciaba el de Osuna tales murmuraciones y aun las alentaba cada día más con su conducta; traía siempre detrás de sí veinte coches, donde iban multitud de caballeros españoles y napolitanos, á quienes favorecía; cincuenta capitanes y alféreces reformados, formaban la guardia de su casa y caminaban en torno de su persona; los vestidos eran de telas extrañas y costosísimas, sembrados de piedras preciosas. En una de las fiestas de Madrid entró á justar en la Plaza Mayor con cien lacayos, vestidos de azul y plata; no había ningún Príncipe ni Grande que le igualase en magnificencia, dado que se allegaba la suya á la del Rey. Mientras vivió Felipe III y el duque de Uceda, á quien tenía tan ganado por el parentesco y dádivas, tuvo el Gobierno en las manos, la emulación no pudo nada contra él; pero ahora se encargó de ser ministro de ella el Conde-Duque.

Acaso se sentía éste más que ningún otro humillado con aquellos alardes de grandeza. Halló que la nobleza y tribunales de Nápoles, habían hecho una información contra Osuna, para justificar el haberlo desposeído del virreinato y dádoselo al cardenal Borja sin órdenes de España; presentaban documentos denunciando sediciosos intentos en el Duque, y relataban multitud de injusticias y vejaciones. No necesitaba de más el favorito para satisfacer sus iras en aquel rival aborrecido: decretó su prisión y, luego, al punto, mandó que se le formase proceso. Recordó entonces todo el mundo los notables servicios del Duque, y extrañando que no se contentase con ellos, para descargo de sus faltas, entró luego la piedad en el pueblo, loable sentimiento que siempre manifiesta el de España, aunque perjudicialísimo en muchas ocasiones: así el castigo se convirtió en descrédito de quien lo ordenaba. El Duque conllevó su desgracia con notable entereza durante dos años y medio, que estuvo prisionero primeramente en el castillo de la Alhameda, cuyos muros á medio caer se levantan aún no lejos de la magnifica posesión que con aquel nombre ahora tienen sus sucesores, y,[17] al fin, en Madrid, donde murió más de saña y afectos vengativos, que no de enfermedad incurable. Hombre memorable y que siempre ocupará lugar entre los buenos capitanes y políticos españoles, dignísimo de otra suerte, dado que el mayor de los delitos que se le atribuyeron, que fué el de pretender alzarse por Rey en Nápoles, no pasó de sospecha, y más, sobrando razones para recelar que aquella voz fuese esparcida y autorizada por los venecianos con ánimo de perderle, en venganza de las humillaciones y daños que de él habían recibido. Su muerte, aunque no tan desdichada, fué no menos sentida que la de D. Rodrigo Calderón y con harto mayor justicia.