Salvó al de Lerma de correr los mismos pasos que Calderón y Osuna el capelo cardenalicio que había tomado con tanta cordura antes de perder la privanza, porque no osó el favorito tocar á su persona. Pero Uceda, su hijo, que no tenía semejante defensa, cayó en poder de los Tribunales del Conde-Duque; y sabe Dios adonde llegara al fin su castigo, si el Rey no hubiese intervenido de repente y contra su costumbre en el asunto, declarando por sí propio en una cédula que aquel ministro no había faltado en cosa alguna á su deber y obligaciones. Épocas tristes aquellas en que es de alabar la arbitraria resolución de un Príncipe que arranca á un reo de manos de los Tribunales de justicia; mas tales andaban ellos de honrados. Fuera, sin embargo, el castigo de Uceda, mal hijo y peor ministro, sin cualidad ninguna que disculpase sus vicios, menos sentido que el de los otros.
Aunque burlado Olivares en sus intentos contra estos dos ministros, padre é hijo, no por eso dejó de mortificarlos, hasta que les originó la muerte. El de Uceda, viéndose sin licencia para venir á la corte, y sin poder ni valimento, murió de pesadumbre, y su padre no tardó en seguirle al sepulcro. Porque Olivares, para completar la ruina de sus antecesores, creó una Junta llamada de reformación de costumbres, mandando que á todos los que eran y habían sido ministros desde el año de 1603, se registrase la hacienda que poseían y la que habían enajenado, bajo gravísimas penas: de manera que fuera conocida fácilmente la parte del primer caudal y si había aumentado por medio ilícito. Aplaudió el vulgo la determinación: muchos, viendo llevar tan adelante los castigos y persecuciones de los malos ministros, decían que, aunque á ser tan riguroso le moviese más el odio particular que razón alguna de interés público, quien tales cosas ejecutaba con los demás, no podía merecer nunca iguales censuras. Había también, ¡cosas disculpables en las preocupaciones de la época!, quien creyese que por aquel medio volverían á llenarse las arcas públicas. El suceso mostró muy á las claras lo equivocado de tales conceptos. El duque de Lerma fué condenado á pagar al fisco setenta y dos mil ducados anuales y el atraso de veinte años por las rentas y riquezas adquiridas en su ministerio, condena que no pudiendo sufrir el codicioso viejo, le hizo morir de pena como su hijo; pero muchos que habían administrado mal las rentas, enriqueciéndose en cohechos y desmanes, conservaron cuanto tenían, sólo porque no hacían sombra á la privanza de Olivares. Y éste, aunque algunos dicen que procuró menos por sí que sus antecesores, dió harta ocasión en adelante á toda censura y castigo. El interés del momento ciega á las veces los ojos de los pequeños ambiciosos, que no ven en el poder la gloria y la satisfacción legítima del mando, sino sólo un camino para hallar el placer y el deleite, y contentar á las pasiones viles del alma; y á trueque de conseguir una cosa, no vacilan en sentar precedentes que pueden serles de vergüenza y daño en lo futuro.
No contento, naturalmente Olivares con rebajar á los contrarios y exterminarlos, cayendo en sus mismos errores, comenzó á elevar á otros sin consideración alguna, procurando hacerse de clientela. Alzó varios destierros de personas importantes que antes los padecían, y devolvió algunas plazas y dignidades mal quitadas, robusteciendo con el agradecimiento los muros de su poder. Entre otros, se levantó el destierro y prisión que padecía D. Francisco de Quevedo, ya en obras famoso, por su amistad con Osuna, y aun se le dió colocación en Palacio. Pero los más de los destinos públicos los ocupó el Privado con sus amigos personales. Con ellos compuso la regia servidumbre, despidiendo á los que antes la formaban, y cuando ya no tenía destinos que dar allí, determinó poner casa aparte al infante don Fernando, que por su corta edad vivía aún con el Rey, su hermano, á fin de crearlos nuevos y repartirlos de la propia suerte, como lo ejecutó con efecto. Quitó de los Tribunales á muchos magistrados, porque alcanzaban reputación de inflexibles; y de ellos fué el Presidente del Consejo de Castilla D. Fernando de Acebedo, en cuyo lugar puso á D. Francisco de Contreras, uno de los jueces de Calderón, que era de sus mayores amigos y parciales. Sólo conservó en alto puesto á D. Baltasar de Zúñiga, por tío suyo y por fingir también con eso que no quería ser solo en el mando. Era D. Baltasar hombre de antigua carrera y muy práctico en los negocios; mas como viejo y tío, afectaba algo de superioridad y entereza, que ofendía la vanidad quebradiza del de Olivares. Murió á poco, y murió á tiempo porque ya comenzaba á rugir la discordia entre ellos, y la perdición de Zúñiga no parecía muy lejana.
No hallando ya quien le disputase el Poder, se puso á disfrutar tranquilo de su fortuna. Y no pareciéndole ninguna casa acomodada á su grandeza, vínose á vivir á Palacio, ocupando con mengua de la Familia Real, menos cómodamente alojada, el cuarto que solían los Príncipes de Asturias, donde Felipe IV había residido hasta la muerte de su padre. Allí, siguiendo los pasos del de Lerma y acrecentando sus abusos, se hacía traer todos los papeles importantes sacados de los archivos y secretarías sin cuenta ni resguardo alguno; allí daba las audiencias que antes solían los Reyes; despachaba con los ministros, dictaba órdenes á los Consejos, y hacía todos los alardes de poder y mando que pudiera siendo suya la corona. No tardó, como el de Lerma, en hacer sentir su privanza á la Real Familia. Cobró, principalmente, aborrecimiento á los dos infantes D. Carlos y D. Fernando, ambos muy queridos en la corte, porque, dotados de noble espíritu, no llevaban con paciencia su dominio. Y siempre será mengua de aquel favorito el haber procurado indisponer al Rey con sus hermanos por bajos medios.
Á la verdad, en un principio mostrábase en los negocios públicos tan solícito, como fué descuidado y flojo más tarde. Si no acertó con lo bueno y lo útil, no fué por falta de arbitrios, que los tuvo y aplicó en gran número, sino porque su inteligencia y desordenadas pasiones no le dejaron ver más y mejor de lo que veía en las cosas. De todos los arbitrios que imaginaba y de la situación de la Monarquía, dirigió al Rey una Memoria muy alabada entonces, donde hubo quien hallase principios é ideas de gran político: la verdad era que ya había en la nación, apartada por la Inquisición del estudio y de la meditación verdaderamente filosófica, poquísimas personas capaces de juzgar bien en tales materias. En cambio, pululaban los arbitristas, hombres incansables que no cesaban de publicar peregrinos libros, donde se proponían remedios á todas las necesidades y enfermedades públicas, disparadamente chistosos, cuando no torpes y fatales. De éstos recogió no pocas ideas el Conde-Duque y así fueron ellas. Determinó que los servicios no se recompensasen más con donativos de dinero en cantidad de maravedís ó ducados, como antes se solía hacer, sino que á cuenta de ellos se repartiesen los honores y las dignidades, con que se evitaron algunos gastos, pero se envilecieron las grandezas y las encomiendas á fuerza de prodigarse; mal quizás tan grande como el que se trataba de remediar, porque no viven menos las Monarquías con economía en el dinero que con economía en las honras y dignidades. Siguióse la mala costumbre introducida en el anterior reinado de crear para el conocimiento de todos los negocios importantes juntas especiales compuestas de individuos de diversos Consejos, y se introdujo otra peor todavía, que era la de que los consejeros no deliberasen de viva voz, sino que cada uno diese su dictamen por escrito al Rey; de forma, que pasando tales papeles del Rey al favorito, no se determinaba cosa que éste no tuviese por útil. Dióse también sucesión á los empleos antes de que vacasen poniendo en cada uno dos dueños; pero algo se remediaron los daños de esto último con repartirlos por merecimiento verdadero ó supuesto, y no por dinero como al principio. Tratóse de acortar los términos de los pleitos, que por lo largos y ruinosos eran de las principales causas de decadencia en las familias que hubiese en el reino, entreteniendo con ellos la esperanza muchos odios, alimentando la dilación muchas disensiones, y fabricando los desengaños no pocas perdiciones de gente hidalga y capaz, bien dirigidas y de altos servicios. Y por lograrlo fácilmente, se redujo á la tercera parte el número, á la verdad exorbitante que había de consejeros, escribanos, procuradores, alcaldes, alguaciles y demás oficiales públicos. Fijóse, por último, un plazo, dentro del cual los litigantes forasteros pudiesen solo residir en la corte, y para evitarles la venida, se dispuso que los pleitos, aun los privilegiados, se viesen ante las justicias ordinarias. También se mandó á los señores de vasallos que residiesen en sus pueblos á fin de aliviarlos en vez de oprimirlos. Prohibiéronse las emigraciones, aun para las Américas, que era para donde más comúnmente se verificaban con tanto daño de los reinos de la Península, que se miraban despoblados, mas sin conocer que no hay otro remedio para evitar tales emigraciones, sino ofrecer ventaja y buen gobierno á los pobladores para que no dejen sus hogares; y, por último, se prohibieron algunas modas un tanto costosas, que era pueril remedio y tan ineficaz como se halló luego. Vióse á los alcaldes de casa y corte dar de rebato en las tiendas de mercaderes y sacando todos los valones, zapatillas bordadas, almillas, ligas, bandas, puntas, randas, abanicos, puños aderezados y otras galas de mujeres á este modo prohibidas por sobrado ricas, hacer con todas ellas ridículo auto de fe en las calles de Madrid. Calculóse que había cuello cuyo aderezo costaba al año seiscientos escudos y prohibióse tal uso, dando el Rey y el favorito el ejemplo, que ellos creyeron glorioso, de no llevar sino valonas sencillas. ¡Mezquinos ejemplos! Harto más graves si no más oportunas fueron las medidas tomadas para desahogar la Hacienda en sus apuros.
Rebajóse nuevamente el interés que del Erario tiraba la deuda conocida con el nombre de juros reales, y se dió facultad á las Cortes para conceder tributos sin permiso de las ciudades; con que ganados los procuradores, no imposibles de ganar ya entonces, podía el Rey más fácilmente sacar dinero de los pueblos. Ni una ni otra de estas medidas sentó bien en la nación; pero se soportaron ambas, porque todo el mundo conocía que el estado deplorable de la Hacienda pública exigía grandes remedios. La moneda que tanto dió que hablar en el anterior reinado, hubo también de ocupar en éste, desde los principios, la atención del Gobierno y de la nación entera. Hizo el Conde-Duque que el Rey dictase un decreto prohibiendo que se sacase del reino el oro y la plata y se introdujese en él la moneda de vellón; poco después se mandó que el trueco y reducción de la moneda de oro y plata á la de vellón no excediese del diez por ciento. Pero esto no bastó para evitar que el vellón sobrase en nuestros mercados, y en 1626 hubo que pregonar Real cédula para que no labrase más moneda de vellón en veinte años. Todavía sobraba esta moneda infeliz de tal suerte, que el año después se publicó una pragmática famosa para su disminución, encomendando la obra á una especie de Junta y Caja de amortización, al modo de las que después hemos visto destinadas á la amortización de papel moneda, con el nombre de Diputación general del consumo. Tratábase de ir recogiendo poco á poco en las principales capitales del reino la moneda de vellón, cambiándola por oro y plata, inutilizando una parte, y poniendo la demás en su justo valor, alterado desde el tiempo de Felipe III. Mas sin embargo de que esta Diputación hizo cuanto pudo, en 1628 hubo que expedir nueva pragmática, rebajando ya violentamente la moneda de vellón á la mitad de su valor y originándose con esto las pérdidas y quejas que eran naturales. Así se pensaba entretener algún tiempo el oro y la plata que á más andar desaparecía del reino; pero todo era en vano, y en el propio año de 1628 hubo que mandar aún que la moneda de estos metales no pasase de puerto alguno sin registrar, revocando la antigua que permitía sacar moneda con obligación de volver mercaderías.
No alcanzó esta disposición más fortuna que las otras, y en adelante todavía dió harto en que entender el arreglo de la moneda. Pero el caso era, que en estos cambios y alteraciones, si los pueblos padecían mucho, no dejaban de ganar los ministros. Era en todo con sus altas y bajas la moneda, lo que por ventura ha sido la deuda del Estado en nuestro siglo. Los favoritos y ministros codiciosos que por su posición tenían noticia anticipada de las alteraciones, se aprovechaban de eso para expender ó recoger moneda y cambiarla por más ó menos, según el caso, y así realizaban inmensas y vergonzosas utilidades; todo en ruina de la nación y más confusión y desbarate de la Hacienda pública.
Crecieron en tanto los tributos y fueron mayores que nunca desde los principios de este reinado. Las Cortes de Castilla otorgaron en 1623 veinticuatro millones en cada doce años, por la manera misma con que fué practicada la exacción en el anterior reinado, y perpetuándose tal cantidad en los pedidos, tomó de ella esta contribución el nombre con que fué en adelante conocida. Las de Aragón en 1627 ofrecieron dos mil hombres armados y pagados por seis años; mil hombres pusieron también en armas las de Valencia del mismo año: solo las de Cataluña se mostraron parcas y desabridas. Ya en 1620 se había solicitado de aquella provincia que diese cuenta de sus rentas y pagase el quinto; mas no se insistió mucho en ello. Luego que entró á tratar de las cosas de la hacienda, el Conde-Duque aconsejó al Rey que pidiese formalmente á Cataluña el quinto de sus réditos; hízose la petición y respondió Barcelona que estaba exenta por sus privilegios, mas en las Cortes de 1626 se esforzó la pretensión, recordándose otra antigua de establecer allí la renta del Escusado. Hubo disgustos, precursores de los que en los años venideros trajeron tantas desdichas: exacerbáronse las pasiones á punto que el conde de Santa Coloma y el duque de Cardona vinieron á las espadas en el recinto mismo donde se celebraban las Cortes; y fué mucho que se pudiese evitar mayor escándalo. Negábanse los brazos catalanes unidos á introducir la alteración más pequeña en los antiguos privilegios de la provincia, y no faltó quien previese ya todo lo que había de sobrevenir de continuar en la demanda. El almirante de Castilla D. Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Ríoseco, hombre ilustre, nacido para preveer y llorar las torpezas de aquella época sin poder remediarlas, manifestó al Rey con noble libertad el peligro, lo cual le trajo disgustos con el Conde-Duque, y el odio de éste que le acompañó por toda su vida. Irritado el Rey con las penalidades que le costaba sacar algún socorro y ayuda de los catalanes, dejó un día inpensadamente á Barcelona y se vino á Madrid. Envió entonces Barcelona en su seguimiento ciertos diputados que le alcanzaron todavía en el camino y le ofrecieron cincuenta mil escudos. Volvió el Rey en 1632 á sentir grandísimos apuros y á pedir nuevos tributos á las Cortes; negáronse las de Castilla en Madrid á concederlos, pretextando que el dinero iba á emplearse en pagar los ejércitos del Emperador: plausible pretexto y muestra de fortaleza pocas veces repetida por los procuradores castellanos en aquellos tiempos.
Las Cortes catalanas que el Rey en persona fué á abrir el propio año, dejando para que las continuara, con permiso de la provincia, á su hermano el infante don Fernando, se resistieron como siempre, á dar tributos, habiendo nuevos empeños y disgustos por esta causa entre el Almirante y el Conde-Duque. Por fin se lograron cuatrocientas cuatro mil libras, muchísimo menos que se pretendía. Hizo éste que algún tiempo después, se tornase á la pretensión primera de que Barcelona diese cuenta de sus réditos para pagar el quinto al Erario. Negáronse los catalanes más enérgicamente que nunca. El Virrey, que á la sazón era el duque de Cardona, quiso registrar de por si los libros de la ciudad, á fin de averiguar el importe de tales réditos: fortificáronse los conselleres en la casa de la ciudad, donde el Virrey no osó acometerlos, y el Conde-Duque y el Rey, enojados ya al último punto contra Barcelona, determinaron trasladar la Audiencia á Gerona. Todo principios de lo que sucedió más tarde.
No bastando, pues, los tributos concedidos por las Cortes, fué preciso acudir á nuevos arbitrios, para llenar las arcas públicas. Pidiéronse donativos á la nobleza y al clero que los hicieron cuantiosos: solo el cardenal Borja envió de Roma quinientos mil ducados, y el clero dió gratuitamente siete millones de tal moneda. Poco era esto para lo que se necesitaba, y mediante una bula del Papa se obtuvieron del Estado eclesiástico otros diez y nueve millones de ducados. Al propio tiempo se creó (1632) la contribución conocida aún en nuestros días con el nombre de lanzas y medias annatas. No se tardó en inventar otro servicio de millones sobre consumos no gravados todavía, y que no podían mirarse como de primera necesidad, el cual importaba dos millones y medio de ducados en seis años. Las Cortes de Castilla lo concedieron al fin á fuerza de importunaciones y halagos, mas no para socorrer al Emperador de Alemania como se quiso antes, sino para atender á los gastos interiores del Estado.