Pero con tantos arbitrios y derramas como dejamos enumerados no se logró ver mejoría en el Erario, ni acrecentar las decaídas fuerzas de la nación, ni remediar la despoblación y la ruina de las ciudades y de los campos; antes visiblemente se miraban empeorar las cosas. El mal, como venido de tan lejos y tan hondo, necesitaba de remedios, no tanto heroicos y atrevidos, como bien meditados; de los cuales el primero y más eficaz era la paz, según dejamos ya apuntado en el reinado antecedente. Paz necesaria para que se disminuyesen los gastos públicos, y para preparar el camino de otras disposiciones tenidas ya de todo el mundo por indispensables, que restableciesen ó hicieran prosperar el Comercio y la Agricultura é Industria. Mas en esto, cabalmente puso aún menos atención el conde de Olivares que su antecesor el duque de Lerma. Desde el principio hasta el fin de su privanza, no hizo Olivares otra cosa que promover y sostener luchas desiguales, costosísimas y sangrientas, despilfarrando en festines y obras de recreo lo que quedaba, y los recursos mismos que pedían los ejércitos y la guerra. Así en 1633, cuando nuestros ejércitos en Holanda y Alemania solicitaban dinero de continuo y no se les enviaba por no haberlo; cuando por eso no podían salir al mar las armadas; cuando el Emperador nos importunaba más, pidiendo socorro y las Cortes de Castilla lo negaban y á las de Cataluña se sacaban contribuciones tan mezquinas á tanta costa y con tan grandes penalidades, vieron levantarse los madrileños los palacios y jardines magníficos del Buen Retiro con gasto inmenso, porque ni el terreno los consentía; obra tan deleitosa y tan alabada ahora, como maldecida entonces por los hombres previsores y sensatos.

El de Olivares en tanto para no aparecer como autor de todo, aunque verdaderamente lo fuese, encomendó á una junta de tres personas autorizadas el examen de cuantos negocios había de despachar el Rey, dando sobre ellos su dictamen. Y más tarde rogó el Rey en un papel, el cual quedó por honra en su mayorazgo, que asistiese personalmente al despacho de todo, y viese y dispusiese por sí las cosas. No faltó quien tomase á moderación estos pasos, y con tales trazas, aunque corrieron siempre hartas murmuraciones sobre su conducta, mucha parte del pueblo no le quería mal en los principios y esperaba de él mejor fortuna. Amábale sobre todo y cada día más el Rey, que depositaba en él toda su confianza, no sólo en las cosas del Estado, sino en aquellas otras viles que afrentan, más que á los reyes que las hacen, á los ministros que las protegen y ayudan. Era Felipe IV muy dado á aventuras y galanteos, y tanto que sólo en ellas ponía atención y cuidado. Los papeles y los libros de la época lo pintan como liberal, generoso, valiente y no desnudo de ingenio y de instrucción, gustándole mucho el trato de los poetas y artistas, y aun la misma profesión de las Musas. Pero el caso es que distraído en liviandades no hubo monarca más esclavo que él de sus privados, ni aun su tímido y devoto padre.

El conde-duque D. Gaspar de Guzmán, que lo era único y absoluto y lo fué por tantos años, no carecía ciertamente de talento, bien que no fuese tanto como su vanidad; pero no tenía la sagacidad política, la profunda comprensión, y la instrucción y vasta experiencia que necesitaba en tan peligrosas circunstancias la Monarquía. Fué también más atento al provecho propio y á contentar sus pasiones que al bien del Estado, cosa harto común por desgracia en los ministros y privados, sobre todo, en España y en aquellos tiempos. Con la grandeza de España, tomó para sí el título de duque de San Lúcar, de donde le vino el ser Conde-Duque, y no tardó en formarse copiosísimas rentas. Luego, á cambio sin duda de los favores que á manos llenas recibía, dióle el ministro al Rey gratuitamente el título de Grande, y fué vergüenza que éste llegase á admitirlo como merecimiento, en lugar de despreciarle como lisonja. Hecho en que harto se dieron á conocer entrambos, mostrando bien desde los principios lo que de tal Príncipe y tal ministro podía esperar la Monarquía.

Eran muy grandes sus empeños en 1621 al empezar el nuevo reinado. Francia patrocinaba los intentos de los que pretendían la restitución de la Valtelina á su primer estado, y á los grisones, sus anteriores dueños, de cuyas manos la había quitado el duque de Feria, y también ayudaban á ello los holandeses con dos regimientos pagados á su costa. Faltaban cinco meses para cumplir las treguas ajustadas con éstos, todavía tenidos por rebeldes, treguas tan mal vistas de la soberbia española, que no hubo en catorce años, que duraron, quien quisiera prohijar su negociación, excusándose todos unos con otros ministros y embajadores y hasta el mismo príncipe Alberto. Continuaban conspirando contra nuestro poder los venecianos, libres del meditado castigo del otro reinado. Nápoles andaba á pleito con el Gobierno, y tenía en la corte diputados representando agravios de los virreyes, sobre todo del duque de Osuna, y en Sicilia estaban situadas por diferentes créditos las rentas del Rey, sin haber de dónde costear la defensa del reino. La Marina, que tanta gloria había alcanzado en el reinado de Felipe III, siendo la principal defensa de la Monarquía, quedaba arruinada; la armada del Océano constaba de solo siete navíos, y las galeras de España que eran aún en menor número, apenas salían del puerto por desproveídas. Las fuerzas de los protestantes alemanes, suscitadas de consuno contra el Imperio y contra España que era su aliada; las de Inglaterra, más quietas que seguras, mediante la plática de casamiento entre su príncipe y la infanta Doña María, comenzadas en el reinado de Felipe III y que ahora venían á formalizarse. Y entre tanto la Hacienda, tan afligida como atrás dejamos explicado, consignada á deudas antecedentes por todo el año de 1623, habiendo aún rentas sobre las que pesaban más largos empeños, sin que las medidas del conde de Olivares fuesen eficaces para traer los recursos que faltaban.

Á pesar de tan mala situación, el nuevo Gobierno no se arredró un punto; y á la verdad la fortuna sonrió en los principios sus empresas. No desalentados los protestantes alemanes con la pérdida de la batalla de Praga, continuaron la guerra contra el Emperador y el Rey de España, y éste por su parte no desistió de la alianza y de los empeños que con aquél contrajo su padre. El conde de Tilly, general de los imperiales, y D. Gonzalo Fernández de Córdova, hijo del duque de Sesa y biznieto del Gran Capitán, que comenzaba entonces la carrera de las armas, atacaron en Hoecht sobre el Meín á Cristiano de Brunswick y al conde de Mansfeldt que mandaban á los protestantes (1622), y los pusieron en derrota; arrojáronse los protestantes en confusión á pasar el río por un puente que allí tenía, y hundiéndose éste al peso enorme, fueron muchos los que se ahogaron y otros se salvaron á gran pena, de suerte que su pérdida llegó á seis mil hombres entre muertos y prisioneros.

Cumpliéronse en esto las treguas con Holanda, y el archiduque Alberto envió al punto mensajes á las provincias unidas en república, ordenándolas que volviesen á su obediencia. Mandato ridículo, puesto que era su inutilidad tan evidente. Habíase calculado, no se sabe cómo, que aquella guerra costaba poco menos que la paz; erradísima cuenta, aunque no se mirase más que la destrucción lenta, pero segura, de los pocos ejércitos que quedaban á la Monarquía, sin que permitiese ya la despoblación reponerlos y reparar sus pérdidas. No se pensó en esto; y la guerra encendida del lado allá del Rhin se comunicó á esta otra orilla pudiéndose considerar como una sola por los accidentes comunes y porque los ejércitos ya acudían á una, ya acudían á la otra parte indistintamente. Comenzaron las hostilidades por decomisarse en nuestros puertos más de doscientos sesenta buques holandeses que comerciaban con bandera alemana; pero ellos vengaron bien esta pérdida. Armaron escuadras y corsarios que saquearon á Lima y el Callao; echaron allí á fondo veintidós bajeles que llevaban nuestra bandera; rindieron y dieron también á saco la ciudad de San Salvador en la bahía de Todos Santos, cogiéndola desprevenida á semejante ataque, y causaron en las costas del Brasil infinitos daños. Pero la fortuna no dejó de recompensarnos con una gloriosa victoria habida al punto mismo en que se rompió la tregua. D. Fadrique de Toledo, hijo del gran marqués de Villafranca y Capitán general de la Armada del Océano, salió de Cádiz con siete navíos y dos pataches, y hallando en el estrecho de Gibraltar una escuadra de hasta treinta y un bajeles holandeses, peleó con ellos diez horas, tomó cinco, echó tres á pique y obligó á las demás á huir con vergüenza. Fué grande el valor con que pelearon los españoles en este trance, y señaladamente el don Fadrique, el general Carlos Ibarra, Roque Centeno y otros Maestres de campo y capitanes. En tanto el marqués de Spínola, justísimamente honrado ahora con el título de marqués de Belvis ó los Balbases, dejadas las cosas del lado allá del Rhin volvió á Flandes.

Halló moribundo al archiduque Alberto, que de allí á pocos días rindió la vida, y así recayó sobre él todo el peso de los negocios, porque la Infanta, que quedó de señora, no sabía más que llorar su pérdida. Sin embargo, no tardó en poner á punto las cosas y entrar en campaña. Tomó á Genep y Meurs y fué á acamparse delante de Burich. Era su intento atraer á sí al príncipe Mauricio que mandaba á los holandeses, para que éste dejase descubierta á Juliers, y no le salió mal la traza. Desguarneció el holandés aquella fortaleza, y al punto Spínola envió allá al conde de Berg que, plantando sus cuarteles y abriendo luego sus trincheras, impidió el socorro y la rindió á los cinco meses de sitio. Spínola se puso en tanto sobre Ber-op-Zoom, plaza importante de los contrarios; pero acudiendo Mauricio al socorro, no pudo evitarse que metiera dentro más número de soldados que tuviesen los sitiadores; con que hubo que levantar el cerco cuarenta y seis días después de plantado el campo. Mas este revés lo compensó con harta ventaja una dichosa victoria.

Mansfeldt, y el malvado Obispo de Halberstad, Cristian de Brunswick, dos de los principales corifeos de los protestantes en Alemania, echados de allí por los recientes triunfos del Emperador, acudieron á reforzar á los holandeses. Salió á estorbarlo D. Gonzalo Fernández de Córdova, que venía de vencerlos en Alemania. Los enemigos, pasado el Sambra, quemaron con licenciosa crueldad las aldeas del contorno y cometieron infinitos desórdenes; el número de su Caballería llegaba á seis mil soldados; el de la Infantería no se supo bien; pero hubo quien lo estimase en ocho mil. Aguardólos D. Gonzalo cinco leguas de Bruselas en los campos de Fleurus, que caen en los confines de Bravante, y Namur con ocho mil infantes y mil quinientos caballos; y allí empeñó la batalla. La noche había sido tempestuosa, y los españoles, inferiores en número á sus contrarios, estaban también más fatigados que ellos; con todo, nuestra Infantería sostuvo con tal esfuerzo la carga de los numerosos caballos enemigos, que los puso en derrota obligándolos á abandonar á los infantes. Antes hubo algún desorden en el costado derecho de los nuestros, porque el Maestre de campo D. Francisco Ibarra, que allí mandaba con imprudente heroísmo, lejos de esperar á pie firme á los caballos enemigos, salió precipitadamente á su encuentro. Remedióse por virtud de nuestra Artillería, que hábilmente dirigió el capitán Oteiza; huyeron los caballos y quedaron los infantes. Entonces cayó sobre estos toda la furia de nuestra gente: murieron los más de los capitanes españoles, pero no por eso cejaron los soldados, y animados del ejemplo del General, rompieron también la Infantería enemiga y casi entera la pasaron á cuchillo. Los pocos de los enemigos que se salvaron de esta matanza, huyeron, dejando en el campo banderas, bagajes y artillería. Murieron de ellos mil quinientos; de los nuestros el Maestre de campo Ibarra y mucha gente de cuenta; los prisioneros no fueron muchos por la furia de los vencedores; pero los hubo de valía. Tal fué la batalla de Fleurus (1622), una de las gloriosas, que ganaron los españoles por el esfuerzo con que pelearon y que fué de mucha reputación al joven caudillo D. Gonzalo Fernández de Córdova. Duró cinco horas y media, y fué el pelear con tal furia, que en el escuadrón de la Infantería española no quedaron en pie más oficiales que el Maestre de campo Boquin y el capitán Castel. Siguió D. Felipe de Silva, que mandaba nuestra Caballería, el alcance de los enemigos, haciendo nuevos destrozos, y cerca de Ham, en la frontera de Lieja, degolló el resto de los fugitivos.

Recibiéronse con el júbilo natural en Bruselas las nuevas de estos sucesos, y dieron aliento para continuar la guerra con los holandeses, al paso que éstos sintieron profundamente aquel descalabro que venía tan en su daño. Sin embargo, por falta de recursos no pudo Spínola darle á la guerra poderoso impulso, y como los holandeses se mantenían á la defensiva casi siempre, se continuó con tibieza en los dos años sucesivos, limitándose todo á la empresa de Amberes que intentaron los holandeses sin éxito alguno.

Al fin, comenzó el famoso sitio de Breda. Henchido de arrogancia Felipe IV, como quien no había experimentado reveses todavía, ni escuchaba más que lisonjas, escribió aquel mandato célebre: «Marqués de Spínola, tomad á Breda», y no hubo más si no comenzar el sitio (1626), el cual pudo compararse con el de Ostende, por lo largo y costoso. La guarnición era tan numerosa, que llegó en ocasiones á cuarenta mil hombres; la artillería mucha; terribles las fortificaciones; pero todo cedió á la constancia y al valor de los españoles. En vano Mauricio de Nassau con numeroso ejército pretendió obligarlos á levantar el cerco: frustrados una vez y otra sus intentos, murió sin verlos logrados, y Breda se rindió al fin á los dos meses de sitio. Sucedió á Mauricio en el mando de los ejércitos enemigos su hijo Enrique de Nassau.